Mostrando entradas con la etiqueta Sacramentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sacramentos. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de febrero de 2014

LOS SACRAMENTOS,
FUENTE DE SALUD Y SALVACIÓN
Ponencia del Cardenal Jorge Medina Estévez en la XII Conferencia
Internacional: "Iglesia y salud en el mundo. Expectativas y

esperanzas en los umbrales del año 2000"

En este documento encontramos una clara explicación de la relación de la salud humana y los sacramentos. Alejemos toda magia de la gracia sacramental. También encontraremos una explicación muy simple y completa de la Unción de los enfermos. 


1.- Sobre la enfermedad.
No es del caso hacer aquí una definición médica acerca de qué es la
enfermedad: basta para nuestro propósito expresar una aproximación basada en
la experiencia común. Desde luego decir "enfermedad" es evocar una situación
que es contraria a la salud. Parecería que puede hacerse una distinción válida
entre una "enfermedad" y un "defecto". Un defecto, que puede ser congénito o
ser secuela de una enfermedad, es una realidad estable no de suyo
incompatible con el estado de salud. Una persona que ha sufrido la amputación
de un miembro tiene un defecto, pero no puede decirse que sea propiamente un
enfermo. En casos más graves se puede hablar de "invalidez".
La enfermedad es una realidad en movimiento, con frecuencia progresiva, cuya
característica más general y constante es la de provocar un desequilibrio en las
funciones del organismo, de modo que se ve comprometida la armonía que
caracteriza el estado de salud. Cuando el desequilibrio es tal que llega a
comprometer funciones vitales esenciales, se puede hablar de una enfermedad
grave que constituye una amenaza o peligro de muerte. La muerte puede
describirse como la cesación de la vida precisamente porque se llegó a un tal
estado de desequilibrio entre las diversas funciones vitales esenciales o su
cesación, que en definitiva se ha destruido irreversiblemente la unidad del
organismo. La pervivencia de algunas células o grupos de células de un
organismo no constituye "vida" del conjunto al que pertenecen, sino que son
procesos vegetativos más o menos breves o incluso mantenidos artificialmente.
Lo que parece interesante es considerar que el proceso fisiológico que
llamamos "enfermedad" es un momento, inicial o avanzado, de desequilibrio de
las funciones vitales que no llega aún a causar la muerte, pero que tiene alguna
relación con ella.
Experimentar la enfermedad es encontrarse en una situación en que el ser humano percibe su mortalidad y, consiguientemente, su finitud, su impotencia,
su fragilidad, su contingencia.
Puesto que el hombre tiene una vocación de eternidad, la experiencia de la
enfermedad debiera ser un llamado a su conciencia en la perspectiva de
enfrentar, ahora o más tarde, la muerte, el juicio de Dios y el destino eterno,
feliz o desgraciado. Como todas las circunstancias de la vida, la enfermedad
invita, aunque en forma muy especial, a recordar la afirmación programática de
San Pablo, válida para todo cristiano: "nosotros para Dios vivimos; nosotros
para Dios morimos: sea que vivamos, sea que muramos, somos del Señor" (Rom.
14 8). Dicho lo anterior, es justo agregar que la vejez es un estado similar a la
enfermedad: en la ancianidad se van desarrollando diversos desequilibrios que
van comprometiendo la armonía y unidad del organismo viviente y ese proceso
conduce, inevitablemente, a la muerte.
Es, pues, completamente natural, que el cristiano perciba la enfermedad como
aviso de su finitud y como una invitación a prepararse al advenimiento de la
vida eterna, es decir de la etapa definitiva de la única existencia humana,
porque nuestro ser estará, si nuestra vida terrena ha sido coherente con el
querer de Dios, para siempre centrado en El, sin posibilidad alguna de
separarnos de El, y alcanzará su plenitud en el día de la resurrección.
La enfermedad suele estar marcada por el dolor y por la aflicción, que son
situaciones inherentes a esta vida pero que desaparecerán en la Jerusalén
celestial: "esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre
ellos y ellos serán su pueblo y El, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda
lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas,
porque el mundo viejo ha pasado" (Apoc.21,3s) El Apóstol San Pablo asocia la
vida temporal a la corruptibilidad (cfr. lCor. 15,43ss) y ve la corporeidad de los
resucitados bajo el signo de lo "espiritual" que es en cierta forma sinónimo de
inmortalidad. Quizás por eso sostiene que "el último enemigo en ser destruido
será la muerte" (lCor.15,26).
Cuando empleamos las palabras "dolor" o "enfermedad", solemos referirnos, en
primer lugar, a dolores físicos o corporales. Pero todos sabemos que hay
dolores y enfermedades que podemos calificar de "espirituales", que no son
exactamente lo mismo que la categoría de las dolencias psíquicas. En todo
caso la unidad del ser humano hace que una aflicción espiritual pueda tener
consecuencias somáticas y viceversa. Por eso la felicidad de los
bienaventurados en la gloria, que consiste ante todo y principalmente en la
visión gozosa de Dios, de su ser inefable y de sus obras, incluye también la
plena armonía corporal, la imposibilidad de la corrupción y del sufrimiento. Al
contrario, la situación de los réprobos es la de un dolor sin fin, una especie de
desgarramiento interior, un desequilibrio torturante que procede de la clara
conciencia de haber rechazado el único bien absolutamente apetecible y el
único objeto realmente beatificante, y de no poder revocar ese rechazo. Así
como la bienaventuranza recibe la calificación de "vida eterna", la condenación
es llamada "muerte eterna" y la Sagrada Escritura la asocia a diversas
imágenes de sufrimiento: "fuego" (Mt.3,12; 18,8; 25,41); "gusanos" (Mc.9,43.47);
"rechinar de dientes" (Lc.13,28; Mt.24,51); "tinieblas" (Mt.8,12; 22,12), etc.

2.- Sobre la vida.
En el horizonte de muchos hombres de hoy, la palabra "vida" no evoca sino la
dimensión corporal y temporal de la existencia. El mundo contemporáneo ha
adquirido una vivísima sensibilidad con respecto a los derechos de la persona
humana, y ante todo hacia su vida corporal. Se la protege legalmente y se la
defiende de las agresiones injustas. Se desarrollan complejos y costosos
sistemas de asistencia social para ir en ayuda de las personas enfermas o física
o psíquicamente limitadas. Curiosamente, por no decir escandalosamente,
muchas legislaciones admiten como algo legítimo el atentado contra la vida de
la criatura que está aún en el seno de su madre, eliminando el aborto - incluso
en sus formas más atroces y expresivas de una suma decadencia del sentido
moral – del catálogo de los crímenes y delitos punibles por la sociedad. Luego
de la legitimación del aborto ha venido la de la eutanasia, y no se puede negar
que existe entre ambas una lógica ineludible. A continuación se ha llegado a las
manipulaciones genéticas, cuyas proyecciones son insospechables. No cabe
sino felicitarse ante la creciente sensibilidad frente al respeto por la vida, pero
no es posible retener un sentimiento de estupor e indignación ante las diversas
formas de atentados contra la vida de inocentes.
Sin embargo, a la luz de la fe, la vida en su sentido pleno y más profundo, es la
vida en Cristo y para Dios. "Para mi', la vida es Cristo y la muerte (=corporal) es
una ganancia" (Flp.1,21) decía San Pablo, y explicaba su pensamiento
expresando que "yo vivo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien
vive en mi" (Gal.2,20). Que la vida lejos de Dios no merezca el nombre tal, sino
que sea en realidad miseria y muerte, es una de las enseñanzas nítidas de la
parábola llamada "del hijo pródigo" (cfr.Lc. 15,11-32). El muchacho perdulario
que vuelve a la casa paterna, al decir de su padre "estaba muerto y ha
resucitado" (Ib.v.32). La misión de Jesús se puede resumir en sus propias
palabras "he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn.
10,10), y él mismo se proclama "camino, verdad y vida" (Jn.14,6). Cuando el
Apóstol San Pablo afirma con extraordinaria fuerza y crudeza que "todo lo he
tenido por estiércol con tal de ganar a Cristo" (Flp.3,8), no hace sino expresar su
convicción de que nada tiene valor si significa una contraposición con el Señor.
Los mártires, puestos en la disyuntiva de perder la vida corporal o la eterna,
optaron con sabiduría por la muerte corporal: prefirieron perder esta vida para
ganar la Vida.
Todo cristiano tiene que permanecer siempre en la perspectiva de la vida eterna
y en esa perspectiva debe juzgar y valorar los objetos que se le presentan y las
opciones que constituyen la trama de su existencia en libertad. El recuerdo de
la muerte no es, pues, una memoria trágica, sino la conciencia de un hecho
normal - aunque no por ello menos doloroso - que constituye el paso a la vida
eterna, supuesto que la existencia en este mundo haya sido conforme con la ley
de Dios. El recuerdo de la muerte es una invitación a valorar los objetos y,
opciones desde la única perspectiva valedera, es decir la de su coherencia o
incoherencia con la voluntad de Dios. La vida temporal no es sino la preparación
o antesala de la vida eterna: Dios nos concede la vida temporal para que
merezcamos la eterna que es nuestra verdadera finalidad, la única finalidad
definitiva (ver GS 22) y en razón de la cual debe ponderarse todo lo demás.
La vida eterna no es la sola inmortalidad del alma, sino, en definitiva, la vida en
plenitud de todo el ser humano, alma y cuerpo, luego de la resurrección en el
día de la Parusía del Señor. Esa vida en plenitud será la expresión de la perfecta
armonía entre el hombre y Dios, armonía que es el resultado de la justificación y
de la gracia que son exactamente lo opuesto al pecado, cuya consecuencia es
la muerte (cfr. Gn. 3,19; Rom.5, 12-21). Así es no sólo legítimo sino también
lógico afirmar que toda opción de rechazo del pecado es una opción de vida,
como cualquier opción de pecado es, en el sentido más auténtico, una opción
de muerte.

3.- Los sacramentos, signos de vida.
Es conocida la enseñanza de Santo Tomás de Aquino que afirma que los
sacramentos son signos rememorativos de la Pasión de Cristo, demostrativos
de la gracia y prognósticos de la gloria futura. Todo ello tiene íntima relación
con la vida, pues la muerte de Cristo constituye la victoria sobre el poder del
pecado y de la muerte, la gracia es la vida verdadera ya en este mundo, y la
gloria es la plenitud definitiva de la vida. Estas tres dimensiones corresponden a
todo sacramento, aunque con el matiz propio de la gracia de cada uno de ellos.
Los tres sacramentos de la iniciación cristiana, "el Bautismo, la Confirmación y
la Eucaristía" vienen a ser el inicio, la madurez y el alimento de la vida nueva.
Son, por así decirlo, la re-creación del hombre (Ef.4,24; Col.3, 10; 2Cor.3, 17;
Gal.6, 15), el don de la adopción divina y de la participación en la naturaleza de
Dios (2Pd. 1,4; Jn.6,53-57; 15,4-8), el inicio en la tierra de la vocación a la
santidad y a la alabanza de la gloria de la gracia de Dios (Ef.1,3-14). Conviene
tener presente que estos tres sacramentos que introducen en la vida de la
gracia apuntan ya al destino final y total del hombre íntegro, en su alma y en su
cuerpo, destino que es de vida eterna y gloriosa, no sólo de inmortalidad del
alma, sino de resurrección corporal. No se puede minimizar el alcance de las
expresiones tan concretas de San Pablo: "el cuerpo no es para la fornicación,
sino para el Señor" (lCor.6,13); "¿no sabéis que vuestros cuerpos son miembros
de Cristo?" (v.15); "¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espiritu Santo,
que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?" (v.19);
"¡Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo!" (v.20). El Apóstol relaciona
toda esta argumentación referida a la castidad cristiana, con nuestro destino de
resurrección que es la proyección de la resurrección de Jesucristo (v. 14).
Los sacramentos de la Reconciliación o Penitencia y de la Unción de los
Enfermos constituyen el grupo de los así llamados "sacramentos de la salud",
"sanación" o "curación" (ver CEC. 1420ss.), porque suponen un grave
quebrantamiento, ocurrido después del bautismo, sea de la salud espiritual, sea
de la salud corporal de un cristiano.
La Penitencia mira a la recuperación de la gracia, a la justificación "segunda",
con vistas a destruir el pecado cuyo efecto es la "muerte" o sea la privación de
la vida en Cristo en esta tierra, de la "deificación" y, en definitiva, de la
posibilidad de acceso a la plenitud de la Vida en la eternidad. El estado de
"muerte" en virtud del pecado desemboca, si no hay conversión ni
reconciliación con Dios, en la muerte eterna que afecta al hombre en su
integridad. El pecado está relacionado, pues, con un desastre, incluso físico, de
la persona y por lo mismo es justo reconocer que la reconciliación, aunque se
refiera en forma directa a la "vida espiritual", tiene, no obstante, un efecto
corporal, diríamos "somático", y que consiste en devolver la posibilidad
concreta de acceder a la vida en Cristo, cuya consumación es la vida eterna y la
gloria de la., resurrección.
La Unción de los enfermos presupone que se trata de un cristiano ya bautizado,
con uso de razón (lo que implica con capacidad para haber podido pecar,
siquiera venialmente), y afectado por una enfermedad que pone en peligro su
vida, aunque no sea en forma inminente. Llegamos aquí a un punto de especial
importancia en la relación salud - gracia - vida. Queda ahora enunciado para
volver más adelante sobre él, pues merece una más detenida consideración.
Los dos sacramentos del Orden y del Matrimonio son caracterizados como
sacramentos que miran en forma especial al orden social de la comunidad
cristiana (ver CEC n. 1534ss.). No es que los demás sacramentos tengan
solamente una dimensión personal: afirmarlo sería prescindir de la enseñanza
de San Pablo que ve a la Iglesia como "Cuerpo de Cristo" (Rm. 12,5; lCor. 10,17;
12,12; Ef.4,16; Col.2,19), y por lo tanto como una realidad comunitaria en la que
existe una solidaridad que va mucho más allá de una simple membresía jurídica
(ver LO 8 y 9). Todos y cada uno de los sacramentos comunican gracias que
beneficean no sólo a quien los recibe, sino que enriquecen y afirman los
vínculos del Pueblo de Dios que son, ante todo, del orden de la vida en Cristo. Si
se califican los dos Sacramentos del Orden y del Matrimonio como referidos a la
vida social de la Iglesia, ello no es para excluir la dimensión social de los demás
sacramentos, sino para afirmar que éstos dos juegan un papel especial en la
estructura sacramental de la Iglesia.
El Orden comunica la sucesión en el ministerio apostólico, el cual asegura una
cierta forma de presencia de Cristo en la comunidad a través del ejercicio, en su
nombre y no por decisiones humanas, del ministerio tripartito del anuncio
auténtico de la palabra de Dios, de la presidencia "in persona Christi" del culto
litúrgico, y de la conducción' en nombre de Cristo, de la comunidad eclesial.
Ahora bien, como la Iglesia peregrina hacia el Reino de los cielos, que es su
plenitud, y como esa peregrinación no consiste en otra cosa que en el
seguimiento de Cristo y en su crecimiento en cada cristiano (Ef. 3,19; 4,13), el
ministerio ordenado es un ministerio de vida y de salvación en el que se
entrelazan inseparablemente la dispensación de los misterios de Dios (lCor. 1,1;
2Cor.6,2) y el poder de expulsar los espíritus inmundos (Mc.3,15), cuya acción
es la raíz de la muerte corporal y de la eterna (Gen. 3,16-19; Sb.2,24). No hay
que olvidar que la Iglesia ha confiado desde antiguo, a ministros ordenados, el
poder de expulsar al demonio de aquellos fieles que han caído en su poder: es la
actividad litúrgica llamada "exorcismo". Y hay que tener presente que en la
acción apostólica con respecto a los enfermos, en la que los laicos pueden y
deben asumir variadas responsabilidades, corresponde precisa y
exclusivamente a los sacerdotes la administración del Sacramento de la Unción
de los enfermos, así como ellos y los diáconos son los ministros ordinarios del
Viático para los que están prontos a partir de este mundo.
También del sacramento del Matrimonio puede decirse que es "estructurante"
de la Iglesia, en el sentido de que la comunidad conyugal refleja la relación
esponsal entre Cristo y su Iglesia. El matrimonio cristiano es un sacramento, es
decir una realidad de gracia y por lo tanto de vida en Cristo. Tarea
principalísima de los esposos cristianos es la de prestarse mutua y., amorosa
ayuda en su peregrinación hacia el Señor, apoyándose en forma permanente en
la prosecución del ideal de la santidad, que para los casados debe realizarse
necesariamente en el marco de la condición conyugal. Y puesto que la santidad
es sinónimo de la vida en Cristo en plenitud, es perfectamente lógico afirmar
que el matrimonio es sacramento de vida, y que apunta no sólo a un mutuo
apoyo en clave temporal, afectiva y física, sino que su fruto de gracia debe
percibirse necesariamente en un horizonte de vida eterna, precisamente allí y
cuando se realizan las "bodas del Cordero" de que habla el último de los libros
de la Biblia (Apoc.21,9). Lo anterior se deduce de la hermosa enseñanza de San
Pablo en su carta a los Efesios ( ver Ef.5,21-33), y varias expresiones de ese
texto permiten afirmar que el Apóstol mira a la Iglesia como a una esposa
fecunda que por la gracia de Cristo engendra hijos y ciertamente no sólo con
vistas a su realización en este mundo, sino para que respondan a una vocación
de santidad y de eternidad. El papel de los esposos cristianos incluye su
responsabilidad, que es propiamente "apostólica", hacia los hijos. Se engendran
hijos para que lo sean de Dios, miembros de Cristo y de su Iglesia, templos del
Espíritu Santo y herederos del Reino de los cielos, es decir, para que tengan
vida, no sólo vida corporal o intramundana, sino la vida verdadera que no puede
ser tal sino en Cristo. Así pues, es justo afirmar que el matrimonio es el
Sacramento del crecimiento de la Iglesia por la vía de la fecundidad natural y
sobrenatural de los esposos. Es el sacramento que trae a .,la existencia nuevos
miembros de la comunidad de salvación, llamados a la gracia y a la gloria.
4.- El sacramento de la Unción de los enfermos.
Como se dijo antes, el beneficiario directo de este sacramento es un cristiano,
por lo tanto un bautizado, que ha llegado al uso de razón, y que padece una
dolencia que amenaza su vida, aunque no sea en forma inminente. La tradición
de la Iglesia considera que la vejez, ancianidad o senectud, se equiparan a la
enfermedad. El tiempo para administrar este sacramento comienza cuando ya
está presente una dolencia que constituye una amenaza para la vida corporal,
aunque el desenlace no sea inminente o inevitable. Es un error pastoral y una
falta de caridad postergar la administración de la Santa Unción hasta que el
enfermo esté agónico, o poco menos, y quizás ya privado de conocimiento. Error
pastoral, porque el sacramento da gracias para asumir la cruz de la enfermedad,
la que se hace presente desde mucho antes de la inminencia de la muerte. El
error pastoral se funda, pues, en una concepción equivocada acerca del fruto y
de la gracia propia de este sacramento. También hay una falta de caridad, que
puede llegar a ser objetivamente grave porque se priva a un cristiano de las
gracias sacramentales que tienen precisamente como fruto el de, ayudarlo a
asumir, como una forma de su vida en Cristo, la realidad de la enfermedad o de
la ancianidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que "la gracia especial del
sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:

- la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
- el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de
la enfermedad o de la vejez;
- el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el
sacramento de la Penitencia;
- el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
- la preparación para el paso a la vida eterna" (CEC n. 1532).

La enfermedad es una realidad que resulta ambivalente en orden a la salvación.
Puede vivirse en íntima unión con Cristo en su dolorosa Pasión, en espíritu de
penitencia y de ofrenda, con paciencia y serenidad. Pero puede también vivirse,
desgraciadamente, con rebeldía hacia Dios e incluso con desesperación, con
impaciencia, sin pensar en la Pasión de Cristo, con dudas de fe o con
desconfianza en la misericordia de Dios. El primero de los modos descritos de
vivir la enfermedad es precisamente "vivirla en Cristo", vivirla como una
situación salvífica, vivir la cercanía del término de la peregrinación, terrenal con
los ojos de la fe; puestos en la bienaventuranza y en la Casa del Padre. Esa
vivencia supone vencer la innata dificultad y repugnancia a aceptar el dolor y la
muerte, dificultad que no sólo radica en nosotros mismos, sino que puede ser
acrecentada por la acción de Satanás, interesado en conseguir que el hombre
cristiano termine su existencia terrenal desconfiando del amor de Dios,
rechazándolo o sintiéndose rechazado por El. Tal victoria no puede ser sino el
fruto de la gracia de Dios, cuyo canal ordinario en la economía cristiana y para
las circunstancias de la enfermedad es el sacramento de la Unción de los
enfermos.

La experiencia de la enfermedad o de la senectud hace recordar la realidad que
asumió Jesús que, siendo Hijo de Dios, se anonadó y tomó una naturaleza
humana en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado, y se humilló hasta
sufrir la muerte, y muerte de cruz, y por eso e Padre lo glorificó y le dió un
nombre sobre todo nombre (ver Flp.2,6-9). La enfermedad y la vejez son
humillaciones que ponen al hombre ante lo vano del sentimiento de
autosuficiencia y lo invitan a poner su confianza sólo en Dios. Es una
purificación dolorosa que constituye una pedagogía de humildad que se inscribe
en la basilar doctrina cristiana de la insuficiencia de las fuerzas puramente
humanas para alcanzar la salvación, así como en la de la fuerza victoriosa de la
gracia, "capaz de hacer de las mismas piedras hijos de Abraham" (Mt.3,9;
Lc.3,8), "porque para Dios nada hay imposible" (Lc. 1,37; 18,27).

La doctrina de la Iglesia señala como uno de los frutos de la Unción de los
enfermos una profunda "purificación" del alma de quien recibe este sacramento
(ver DS. 1696). ¿Cómo entender esta "purificación"? Quizás pueda servir la
comparación con las cicatrices que dejan las heridas corporales. La cicatriz no
es de suyo una enfermedad, no es dolorosa, ni suele desarrollarse en forma que
amenace la salud. Pero no es bella, afea, es una falta de armonía que da
testimonio de un "desorden" pasado. Sería ingenuidad creer que los pecados
personales, sobre todo aquellos que constituyeron "hábitos", pasan sin dejar
rastro. Es posible que una conversión vivísima, dolorosamente amorosa, pueda
extirpar totalmente las secuelas del pecado. Pero los arrepentimientos no
suelen ser tan vivos, ni tan dolorosos, ni tan amorosos y por eso se hace
necesario un nuevo don de Dios, un don de gracia que venga a remediar la
debilidad o la imperfección de la conversión: es el don que llega a través del
sacramento de la Unción de los enfermos que produce su fruto según la
disposición de quien lo recibe.

El sacramento de la Unción de los enfermos produce algunos de sus efectos en
relación con el estado presente de enfermedad que se sufre y para sufrirlo
cristianamente. Otros de sus efectos miran a obtener la justificación si no se
pudo obtener por el sacramento de la Penitencia. Finalmente hay efectos que
miran principalmente a adquirir la necesaria disposición para poder entrar en la
bienaventuranza eterna y contemplar cara a cara la belleza inefable de Dios.
Como la enfermedad muchas veces cede y el hombre recobra la salud, puede
suceder que se reciba la Unción más de una vez en la vida, en el supuesto que
vuelva a aparecer una enfermedad, o que la que existía se agrave. Así, la Santa
Unción es también un sacramento de vida: para vivir en Cristo la situación de la
vida corporal amenazada, para hacer partícipe a todo el Cuerpo de Cristo del
fruto de la personal vivencia de la Pasión, y para introducir, a través de la
humillación y de la provisoria destrucción corporal asumidas con realismo de fe,
en la vida eterna y en la gloria de la resurrección. El cristiano gravemente
enfermo debe recibir los sacramentos de la Penitencia, de la Unción de los
enfermos y de la Eucaristía como Viático. El Cuerpo de Cristo resucitado y
glorioso recibido en esa circunstancia es precisamente la prenda y garantía de
la resurrección que aguarda al cristiano en el día de la Parusía, cuando será
destruido el último enemigo, que es la muerte (lCor.15,26).

"Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este
ser mortal se revista de inmortalidad Y cuando este ser corruptible se revista de
incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se
cumplirá la palabra que está escrita: ..La muerte ha sido devorada en la victoria.
¿Dónde está, ¡oh muerte! tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte! tu aguijón?». El
aguijón de la muerte es el pecado y la fuerza del pecado, la ley. Pero, ¡gracias
sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor
Jesucristo!" (lCor. 15,53-57).

Roma, 7 de noviembre de 1997
Jorge Medina Estévez


lunes, 3 de octubre de 2011

¿QUÉ ES «LA MISA»?





"Si el hombre conociera bien este misterio -decía el santo Cura de Ars-, moriría de Amor". Si no hemos muerto de Amor es que no conocemos de la Misa, la media.

Dos hombres inteligentes se confían sus íntimos secretos por las granadinas calles del Generalife. El crepúsculo es de oro. Uno de ellos, Manual de Falla, poseído por el genio de la música; el otro, José María Pemán, ilustre académico, escritor fecundo. Los ojos del primero relampaguean tras sus gafas redondas al hacer -sobre un fondo de arrayanes y rosales- la suprema confesión:

-Toda la ilusión de mi vida la cifré en escribir una misa...

El gesto expresaba un sentido de radical impotencia ante la magnitud de la empresa.

-Y... ¿por qué no la escribe usted?, inquiere Pemán

-Para escribirla sería preciso hallar notas tan humildes que resultaran a la Música lo que la prosa de Teresa de Jesús a la Literatura. Algo sublime a fuerza de sencillez y ausencia absoluta de vanidad..., y llena, sin embargo, del don de Sabiduría…

El músico sufría visiblemente por aquellas sendas pobladas del cantar de los ruiseñores. Pemán pensó en voz alta:

-Habría que cantar como ésos...

El símil resultó en exceso literario, y Falla atajó con indignación, contenida sólo por su exquisita cortesía:

-Tampoco... Habría que cantar como un ruiseñor ¡que lo supiera todo! (1)

¿Cómo componer, cómo cantar una Misa? ¿Cómo contar, si es el
misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del cristianismo? (2). ¡Sería menester ver tantas cosas! Habríamos de comenzar viendo el origen, la generación eterna de la Palabra única del Padre, Verdad de su Belleza y Belleza de su Verdad: el Verbo, Sabiduría infinita, que, fundido con el Padre en un abrazo también eterno, eternamente espira al Espíritu Santo. Porque la Santa Misa (...) es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia (3). Por eso, asistiendo a la Santa Misa se aprende a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo, que de los dos procede (4).

Habríamos de asistir a la conversación trinitaria, a la libérrima y generosísima decisión: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (5), que hace de la creación no sólo algo bueno, sino muy bueno (6).

Yahvé encuentra sus delicias en el estar con sus hijos en el paraíso. Los llena de señorío y bienestar. Conversan al frescor de la brisa de la tarde. Pero un día la respuesta del hombre al amor inmenso del Creador, estremece al universo: no quiero ser tu obra, no quiero ser tu hijo; quiero ser autónomo, quiero trazarme mis propios caminos; .me basto y me sobro para alcanzar la suprema gloria. El Adversario, el odiador, le ha vencido: ha logrado introducir en su alma la soberbia, la gran estupidez, la peor alienación. Y en su afán loco de loca libertad, queda atrapado por cadenas invisibles; aherrojado por el pecado, el demonio y la muerte; apelmazado por tremenda gravedad con centro en el abismo preparado para el diablo y sus ángeles.

Sería menester ser Dios para comprender la dimensión de la ofensa y el valor de la Justicia quebrantada. Porque al ser Infinito el Ofendido, el pecado supera infinitamente al hombre finito que lo comete. Sería menester ser Dios y hombre a la vez para restaurar la Justicia en su original estado. Y el Amor infinito y la Misericordia sin límites, se vuelcan. La Trinidad decide que el Verbo se haga carne, que el Hijo se haga hombre, para reconducir todas las cosas al maravilloso fin sobrenatural que habían recibido, y perdido por el pecado.

Dios se hace hombre: el Creador, criatura. El Eterno, asume la temporalidad; el Infinito, lo finito; el Omnipotente, la flaqueza; el Inmutable, la mudanza; el Señor, la obediencia; el Impasible, la fatiga, el dolor y la muerte. Su encarnación, su vida, sus trabajos, su pasión, muerte y resurrección, serán un caudal de merecimientos y hontanar de gracias capaces de redimir infinitos mundos.

Cada uno de los actos de la existencia humana de Dios, tendrá un valor santificante inmenso. Su dimensión temporal pasará con el tiempo; pero habrá otra que permanecerá para siempre en el Verbo eterno (7), y se hará presente dondequiera que se celebre la Misa, cuando el sacerdote
in persona Christi et virtute Spiritus Sancti, impersónando a Cristo por obra del Espíritu Santo -¡qué gran misterio para ver!-, pronuncia las palabras de la Consagración.

Pero lo más nuclear de la Misa es la Cruz:

«Nosotros creemos que la Misa (...) es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares» (8). De modo que «cuantas veces el Sacrificio de la Cruz se celebra en el altar, se realiza la obra de nuestra -Redención»(9) se nos aplica la virtud salvadora de la Cruz, para remisión de nuestros pecados (10).

Para comprenderla Misa, habríamos de ver cómo, al vivirla, nos adentramos en el centro mismo de la Historia, en el que convergen todos los instantes, pasados, presentes y futuros, engarzados misteriosamente en la eternidad. «La presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, bajo las especies de pan y de vino constituyen la articulación más estrecha entre el tiempo y la eternidad, y nos proporcionan una prenda de la esperanza que anima nuestro caminar» (11) hacia el destino final, fin sin término.

Sería preciso ver lo que se ve desde lo alto de la Cruz, cumbre -la más alta- de la Historia, donde el «Señor de los tiempos» (12), «Padre del siglo futuro», el mismo ayer y hoy (13) , para quien el pretérito no se ha perdido en los senos del pasado y el futuro ya es presente (14), todo lo divisa: toda la historia de la humanidad y de cada persona singular. La mirada de Cristo, perfecto Dios y Hombre perfecto, desde lo alto de la Cruz, alcanza los aconteceres más lejanos y ocultos, grandes o menudos, en el espacio y en el tiempo; las bonanzas y borrascas; las zozobras, naufragios y emersiones; las penas y las alegrías; los pecados y las virtudes; las flaquezas y los heroísmos. Todo lo abraza con su mirada, acompañada por el gesto de sus brazos abiertos de sacerdote. Todos los pecados de los hombres -también los míos, claro es- le hieren; y muchos le matan. Su bálsamo es todo lo bueno. Y El todo lo redime, en la cruz del Calvario y en la Cruz de nuestros altares: el sacrificio eucarístico «es un sacrificio que lo abarca todo» (15).


El triunfo de Cristo

Cómo cantarlo, cómo decirlo, cómo ponderarlo. Habríamos de ver lo que vio san Josemaría Escrivá aquel 7 de agosto de 1931: «Llegó la hora de la Consagración –escribe-: en el momento de alzar la Sagrado Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme (...), vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum". Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»" (16)

La Misa es el gran imán, de irresistible fuerza, que concentra el universo y lo centra todo. Pero ¿cómo explicarlo? ... «En ese instante supremo -el tiempo se une con la eternidad- del Santo Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia sí todas las cosas, para colocarlas,
divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre» (17).

A pesar de lo que pueda percibir nuestra obtusa mirada, dispersa en los polifacéticos avatares de la historia, Cristo triunfa en la primera Misa -El Calvario- y en cada Misa. Pero depende de mí que en mí triunfe. La primera Misa, a uno le alejó de Dios injuriaba a Cristo desde su cruz odiada (18); a otro, en cambio, le alcanzó, para aquella misma tarde, el paraíso (19): comprendió la Misa, la amó. ¡Cuántas cosas se entienden cuando se ama!

Cuando se ama, se hace coma el apóstol Juan en la Última Cena, cuando el Señor instituyó la Santa Misa, la Eucaristía y el sacerdocio: reclina suavemente la cabeza sobre el pecho de Cristo y escucha los latidos de un corazón que ama al modo humano con intensidad divina, «hasta el exceso» (20); que desea ardientemente celebrar la Pascua aquella, esta Misa, para darse en alimento, escondido en el Pan, y con hechos decirnos: «todas mis cosas son tuyas» (21); ya somos uno: lo mío es tuyo y lo tuyo es mío (¿quién sale ganando?). Tuya es mi encarnación; tuya es mi vida, mis trabajos, mis amores, mi pasión, mi muerte... ¡y mi resurrección gloriosa! Toda la virtud salvífica y santificante acumulada y contenida en mi existencia humana la tienes ahora en tu pecho. Soy todo tuyo. Tú, ¿de quién eres? ¿para quién van a ser tus cosas y tú mismo?

¿De quién van a ser, Señor, si ya somos uno? A esto vengo a Misa: a acogerte -yo confundido, anonadado- entero, con tu vida, pasión, cruz y resurrección, con tu adoración perfectísima, con tu gratitud inmensa al Padre, con tu expiación por mis pecados y los de todos los hombres, y con tu impetración infalible. Vengo a incorporarme, a hacerme un solo cuerpo y una sola sangre contigo, a enriquecerme con los infinitos tesoros de tu Amor. Vengo a hacerme «otro Tú», y serlo adondequiera que vaya. Vengo a que seamos uno, como el Padre y Tú sois uno, con el afán de que todos tus hermanos, mis hermanos, seamos uno. Vengo a unir mi sacrificio a tu Sacrificio: a machacar, a rematar al «yo viejo de nacimiento» -soberbio egoísta, perezoso, lujurioso...-, para que el yo humilde, generoso, diligente, limpio, joven, niño -otro Tú- crezca impetuoso con la fuerza de tu misma Vida, con la fuerza de tu Amor.

¡Qué inmensa es la Misa! «"Nuestra" Misa, Jesús...» (21) ¿Quién podrá cantarla? Abarca todo el espacio, todo el tiempo, toda la eternidad. Quienes saben bastante del tema son los Ángeles, porque en la Misa «la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... […] Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque mesé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad» (22). «Sí, durante el tiempo de la Consagración asisten al sacerdote los ángeles, el orden completo de las celestes potestades levantan su clamor, y el lugar próximo al altar se ve lleno de coros angélicos en honor a Aquel que es inmolado» (23). «Se tocan lo íntimo y lo supremo, la tierra se junta con el cielo, lo visible y lo invisible se hacen una misma cosa» (24).

Pero para saber todo lo que puede saber una criatura acerca de la Santa Miga, habríamos de ver lo que ve la Virgen María, por la íntima unión que tiene con la Trinidad y porque es Madre de Cristo, de su carne y de su sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en sus entrañas sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma sangre de su Madre; y esa sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en la Misa (25).

Lo mejor será preguntar, en el silencio elocuente de nuestra oración personal, a la Virgen, a los Ángeles, a los Santos que viven en el Cielo una Misa perpetua, justo la misma que se hace presente en nuestros altares, en torno a los cuales nos unimos a la Jerusalén celestial, celebrando con María Santísima, con San José y todos los Santos la Liturgia eterna de los redimidos (26). Comienza ya, en la tierra, la felicidad del Cielo. «Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las palabras y las obras» (27).

Así pues,


el Misterio de la Misa incluye y cierra
desde la primera edad
del mundo hasta la postrera (28).

De todo el amor de Dios
de toda su omnipotencia
es argumento, y contiene
en sí todas sus grandezas,
desde que el mundo crió
hasta que a juzgarle venga (29)
.
No por humo de pajas algunos Santos Padres han visto en la bendición final de la Misa, la de Jesucristo, concluido el Juicio Universal, a los fieles que pasarán a disfrutar del colmo de la bienaventuranza.

La consecuencia qué extrae Calderón de la Barca no carece de interés:

en no oirla cada día
no solamente es tibieza
del perezoso, sino
descortesía grosera
que se hace a Dios, pues de veinte
y cuatro horas que le entrega
de vivir cada día aún no
le sabe volver la media (30).

Y uno de sus personajes sin tapujos reconoce:

Bueno es eso para mí,
que si la oigo un día de fiesta
es solamente pensando
si se alarga o si se abrevia (31).

Sólo hay pues un modo de andar centrados en nuestro vivir cristiano: hacer de la Santa Misa -sabiduría original y fecundísima se san Josemaría Escrivá- centro y raíz de la vida espiritual (32).

(1) Cfr. JOSE MARIA PEMAN, Obras selectas, Ed. AHR, Barcelona 1973, p: 981; (2) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113; (3) San JOSEMARÍA ESCRIVA, Es Cristo que pasa, n. 87; (4) Ibid., n. 91; (5) Gen 1, 26; (6) 1, 31; (7) ANTONIO OROZCO, La Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz, en «PALABRA» 197, 1-1982, pp. 13-16; (8) PABLO VI, Profesión de fe, 30-VI-1968, n. 24; (9) C. Vat. II, SC, n. 3; cfr. LG, n.3; (10) PIO XII, Enc. Mediator Dei, n. 21; (11) JUAN PABLO II; (12) SAN AGUSTÍN, De Trinitate, V, 16, 17; (13) Cfr. JUAN PABLO II, Hom., 17-VI-1983; (14) Cfr. SAN AGUSTÍN, Lc.; (15) JUAN PABLO II, Oración Jueves Santo 1982; (16) A. VAZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, Madrid 1983, p. 126; (17) Es Cristo que pasa, n. 94; (18) Lc 23, 39; (19) Le 23, 40-43; (20) Cfr. Jn 13, 1; (21) SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 533; (22) Es Cristo que pasa, n. 89; (23) SAN JUAN CRISOSTOMO, De sacerdotio, lib. IV, c. 58; (24) SAN GREGORIO MAGNO, Diálogo, lib. IV, c. 58 (25) Es Cristo que pasa, n. 89; (26) JUAN PABLO II, Ang., 1-XI-1983; (27) Es Cristo que pasa, n. ° 52 (28) CALDERON DE LA BARCA, La devoción de la Misa,; (29) Id., Los Misterios de la Misa; (30) Id., La devoción...; (31) Ibid.; (32) Cfr. A. VAZQUEZ DE PRADA, o.c., pp. 267-274.