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jueves, 25 de agosto de 2011

La fe explicada: CAPÍTULO XIV: LA RESURRECCION DE LA CARNE Y LA VIDA PERDURABLE

El fin del mundo Vivimos y nos esforzamos durante pocos o muchos años, y luego morimos. Esta vida, bien lo sabemos, es un tiempo de prueba y de lucha; es el terreno de pruebas de la eternidad. La felicidad del cielo consiste esencialmente en la plenitud del amor. Si no entramos en la eternidad con amor a Dios en nuestro corazón, seremos absolutamente incapaces de gozar de la felicidad de la gloria. Nuestra vida aquí abajo es el tiempo que Dios nos da para adquirir y probar el amor a Dios que guardamos en nuestro corazón, que debemos probar que es más grande que el amor hacia cualquiera de sus bienes creados, como el placer, la riqueza, fama o amigos. Debemos probar que nuestro amor resiste la embestida de los males hechos por el hombre, como la pobreza, el dolor, la humillación o la injusticia. Estemos al tos o bajos, en cualquier momento debemos decir «Dios mío, te amo», y probarlo con nuestras obras. Para algunos el camino será corto; para otros, largo.

Para algunos, suave; para otros, abrupto. Pero acabará para todos. Todos moriremos.

La muerte es la separación del alma del cuerpo. Por la erosión de la vejez, la enfermedad o por accidente, el cuerpo decae, y llega un momento en que el alma ya no puede operar por él. Entonces lo abandona, y decimos que tal persona ha muerto. El instante exacto en que esto ocurre raras veces puede determinarse. El corazón puede cesar de latir; la respiración, pararse, pero el alma puede aún estar presente. Esto se prueba por el hecho que algunas veces personas muertas aparentemente reviven por la respiración artificial u otros medios. Si el alma no estuviera presente sería imposible revivir. Esto permite que la Iglesia autorice a sus sacerdotes dar la absolución y extremaunción condicionales hasta dos horas después de la muerte aparente, por si el alma estuviera aún presente. Sin embargo, una vez que la sangre ha empezado a coagularse y aparece el rigor motriz, sabemos con certeza que él alma ha dejado el cuerpo.

¿Y qué pasa entonces? En el momento mismo en que el alma abandona el cuerpo es juzgada por Dios. Cuando los que están junto al lecho del difunto se ocupan aún de cerrar sus ojos y cruzarle las manos, el alma ha sido ya juzgada; sabe ya cuál va a ser su destino eterno. El juicio individual del alma inmediatamente después de la muerte se llama Juicio Particular. Es un momento terrible para todos, el momento para el que hemos vivido todos estos años en la tierra, el momento al que toda la vida ha estado orientada. Es el día de la retribución para todos.

¿Dónde tiene lugar ese Juicio Particular? Probablemente en el sitio mismo en que morimos, humanamente hablando. Tras esta vida no hay «espacio» o «lugar» en el sentido ordinario de estas palabras. El alma no tiene que «ir» a ningún lugar para ser juzgada. En cuanto a la forma que este Juicio Particular adopta, sólo podemos hacer conjeturas: lo único que Dios nos ha revelado es que habrá Juicio Particular. Su descripción como un juicio terreno, en que el alma se halla de pie ante el trono de Dios, con el diablo a un lado como fiscal y el ángel de la guarda al otro como defensor, no es más que una imagen poética, claro está. Los teólogos especulan que lo que probablemente ocurre es que el alma se ve como Dios la ve, en estado de gracia o en pecado, con amor a Dios o rechazándole, y, consecuentemente, sabe cuál será su destino según la infinita justicia divina. Este destino es irrevocable. El tiempo de prueba y preparación ha terminado. La misericordia divina ha hecho cuanto ha podido; ahora prevalece la justicia de Dios.

¿Y qué ocurre luego? Bien, acabemos primero con lo más desagradable. Consideremos la suerte del alma que se ha escogido a sí misma en vez de a Dios, y ha muerto sin reconciliarse con El; en otras palabras, del alma que muere en pecado mortal. Al alejarse deliberadamente de Dios en esta vida, al morir sin el vínculo de unión con El que llamamos gracia santificante, se queda sin posibilidad de restablecer la comunicación con Dios. Lo ha perdido para siempre. Está en el infierno. Para esta alma, muerte, juicio y condenación son simultáneos.

¿Cómo es el infierno? Nadie lo sabe con seguridad, porque nadie ha vuelto de allí para contárnoslo. Sabemos que en él hay fuego inextinguible porque Jesús nos lo ha dicho.

Sabemos también que no es el fuego que vemos en nuestros hornos y calderas: ese fuego no podría afectar a un alma, que es espíritu. Todo lo que sabemos es que en el infierno hay una «pena de sentido», según la expresión de los teólogos, que tiene tal naturaleza que no hay forma mejor de describirla en lenguaje humano que con la palabra «fuego».

Pero lo más importante no es la «pena de sentido», sino la «pena de daño». Es esta pena -separación eterna de Dios- la que constituye el peor sufrimiento del infierno. Imagino que, dentro del marco de las verdades reveladas, todo el mundo se imagina el infierno a su modo. Para mí, lo que más me estremece cuando pienso en él es su tremenda soledad.

Me veo de pie, desnudo y solo, en una soledad inmensa, llena exclusivamente de odio, odio a Dios y a mí mismo, deseando morir y sabiendo que es imposible, sabiendo también que éste es el destino que yo he escogido libremente a cambio de un plato de lentejas, resonando continuamente, llena de escarnio, la voz de mi propia conciencia: «Es para siempre... sin descanso... sin alivio... para siempre... para siempre... ». Pero no existen palabras o pincel que puedan describir el horror del infierno en su realidad. ¡Líbrenos Dios a todos de él! Seguramente, muy pocos hay tan optimistas que esperen que el Juicio Particular los coja libres de toda traza de pecado, lo que representaría estar limpios no sólo de pecados mortales, sino también de todo castigo temporal aún por satisfacer, de toda deuda de reparación aún no pagada a Dios por los pecados perdonados. Nos cuesta pensar que podamos morir con el alma inmaculadamente pura, y, sin embargo, no hay razón que nos impida confiar en ello, pues con este fin se instituyó el sacramento de la extremaunción: limpiar el alma de las reliquias del pecado; con este fin se conceden las indulgencias, especialmente la plenaria para el momento de la muerte, que la Iglesia concede a los moribundos con la Ultima Bendición.

Supongamos que morimos así: confortados por los últimos sacramentos, y con una indulgencia plenaria bien ganada en el momento de morir. Supongamos que morimos sin la menor mancha ni traza de pecado en nuestra alma. ¿Qué nos esperará? Si fuera así, la muerte, que el instinto de conservación hace que nos parezca tan temible, será el momento de nuestra más brillante victoria. Mientras el cuerpo se resistirá a desatar el vínculo que lo une al espíritu que le ha dado su vida y su dignidad, el juicio del alma será la inmediata visión de Dios.

«Visión beatífica» es el frío término teológico que designa la esplendorosa realidad que significa, una realidad que sobrepasa cualquier imaginación o descripción humana. No es sólo una «visión» en el sentido de «ver» a Dios, designa también nuestra unión con El: Dios que toma posesión del alma, y el alma que posee a Dios, en una unidad tan completamente arrebatadora que supera sin medida la del amor humano más perfecto.

Mientras el alma «entra» en el cielo, el impacto del Amor Infinito que es Dios es una sacudida tan fuerte que aniquilaría al alma si el mismo Dios no le diera la fuerza necesaria para sostener el peso de la felicidad que es Dios. Si fuéramos capaces por un instante de apartar nuestro pensamiento de Dios, los sufrimientos y pruebas de la tierra nos parecerían insignificantes; el precio que hayamos pagado por esa felicidad arrebatadora, deslumbrante, inagotable, infinita, ¡qué ridículo nos aparecerá! Es una felicidad, además, que nada podrá arrebatarnos. Es un instante de dicha absoluta que jamás terminará. Es la felicidad para siempre: así es la esencia de la gloria.

Habrá también otras dichas, otros gozos accidentales que se verterán sobre nosotros.

Tendremos la dicha de gozar de la presencia de nuestro glorificado Redentor Jesucristo y de nuestra Madre María, cuyo dulce amor tanto admiramos a distancia. Tendremos la dicha de vernos en compañía de los ángeles y los santos, entre quienes veremos a miembros de nuestra familia y amigos que nos precedieron en la gloria. Pero estos gozos serán como tintinear de campanillas ante la sinfonía abrumadora que será el amor de Dios vertiéndose en nosotros.

Pero ¿qué ocurrirá si, al morir, el Juicio Particular nos encuentra ni separados de Dios por el pecado mortal ni con la perfecta pureza de alma que la unión con el Santo de los santos requiere? Lo más probable es que sea éste nuestro caso, si nos hemos conformado con un mediocre nivel espiritual: cicateros en la oración, poco generosos en la mortificación, en apaños con el mundo. Nuestros pecados mortales, si los hubiera, estarían perdonados por el sacramento de la Penitencia (¿no decimos en el Símbolo de los Apóstoles «creo en el perdón de los pecados»?); pero si la nuestra ha sido una religión cómoda, ¿no parece lo más razonable que, en el último momento, no seamos capaces de hacer ese perfecto y desinteresado, acto de amor de Dios que la indulgencia plenaria exige? Y henos ya en el Juicio: no merecemos el cielo ni el infierno, ¿qué será de nosotros? Aquí se pone de manifiesto lo razonable que resulta la doctrina sobre el purgatorio.

Aunque esta doctrina no se nos hubiera transmitido por la Tradición desde Cristo y los Apóstoles, la sola razón nos dice que debe haber un proceso de purificación final que lave hasta la imperfección más pequeña que se interponga entre el alma y Dios. Esa es la función del estado de sufrimiento temporal que llamamos purgatorio. En el purgatorio, igual que en el infierno, hay una «pena de sentido», pero, del mismo modo que el sufrimiento esencial del infierno es la perpetua separación de Dios, el sufrimiento esencial del purgatorio será la penosísima agonía que el alma tiene que sufrir al demorar, incluso por un instante, su unión con Dios. El alma, recordemos, ha sido hecha para Dios. Como el cuerpo actúa en esta vida (podríamos decir) como aislante del alma, ésta no siente la tremenda atracción hacia Dios. Algunos santos la experimentan ligeramente, pero la mayoría de nosotros casi nada o nada. Sin embargo, en el momento en que el alma abandona el cuerpo, se halla expuesta a la fuerza plena de este impulso, que le produce un hambre tan intensa de Dios que se lanza contra la barrera de las imperfecciones aún presentes, hasta que, con la agonía de esta separación, purga las imperfecciones, cae la barrera y se encuentra con Dios.

Es consolador recordar que el sufrimiento de las almas del purgatorio es un sufrimiento gozoso, aunque sea tan intenso que no podamos imaginarlo a este lado del Juicio. La gran diferencia que hay entre el sufrimiento del infierno y el del purgatorio reside en la certeza de la separación eterna contra la seguridad de la liberación. El alma del purgatorio no quiere aparecer ante Dios en su estado de imperfección, pero tiene el gozo en su agonía de saber que al fin se reunirá con El.

Es evidente que nadie sabe «cuánto tiempo» dura el purgatorio para un alma. He puesto tiempo entre comillas porque, aunque hay duración más allá de la muerte, no hay «tiempo» según lo conocemos; no hay días o noches, horas o minutos. Sin embargo, tanto si medimos el purgatorio por duración o intensidad (un instante de tortura intensa puede ser peor que un año de ligera incomodidad), lo cierto es que el alma del purgatorio no puede disminuir o acortar sus sufrimientos. Los que aún vivimos en la tierra sí podemos ayudarle con la misericordia divina; la frecuencia e intensidad de nuestra petición, sea para un alma determinada o para todos los fieles difuntos, dará la medida de nuestro amor.

Si de una cosa estamos seguros es de desconocer cuándo acabará el mundo. Puede que sea mañana o dentro de un millón de años. Jesús mismo, según leemos en el capítulo XXIV del Evangelio de San Juan, ha señalado algunos de los portentos que precederán al fin del mundo. Habrá guerras, hambres y pestes; vendrá el reino del Anticristo; el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas caerán del cielo; la cruz aparecerá en el firmamento.

Sólo después de estos acontecimientos «veremos al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad» (Mt 24,30). Pero todo esto nos dice bien poco: ya ha habido guerras y pestes. La dominación comunista fácilmente podría ser el reino del Anticristo, y los espectáculos celestiales pudieran suceder en cualquier momento. Por otro lado, las guerras, hambres y pestes que el mundo ha conocido pudieran ser nada en comparación con las que precederán al final del mundo. No lo sabemos. Solamente podemos estar preparados.

Durante siglos, el capítulo XX del Apocalipsis de San Juan (Libro de la Revelación para los protestantes) ha sido para los estudiosos de la Biblia una fuente de fascinante material. En él, San Juan, describiendo una visión profética, nos dice que el diablo estará encadenado y prisionero durante mil años, y que en ese tiempo los muertos resucitarán y reinarán con Cristo; al cabo de estos mil años el diablo será desligado y definitivamente vencido, y entonces vendrá la segunda resurrección. Algunos, como los Testigos de Jehová, interpretan este pasaje literalmente, un modo siempre peligroso de interpretar las imágenes que tanto abundan en el estilo profético. Los que toman este pasaje literalmente y creen que Jesús vendrá a reinar en la tierra durante mil años antes del fin del mundo se llaman «milenaristas», del latín «millenium», que significa «mil años». Esta interpretación, sin embargo, no concuerda con las profecías de Cristo, y el milenarismo es rechazado por la Iglesia Católica como herético.

Algunos exegetas católicos creen que «mil años» es una figura de dicción que indica un largo período antes del fin del mundo, en que la Iglesia gozará de gran paz y Cristo reinará en las almas de los hombres. Pero la interpretación más común de los expertos bíblicos católicos es que este milenio representa todo el tiempo que sigue al nacimiento de Cristo, cuando Satanás, ciertamente, fue encadenado. Los justos que viven en ese tiempo tienen una primera resurrección y reinan con Cristo mientras permanecen en estado de gracia, y tendrán una segunda resurrección al final del mundo. Paralelamente, la primera muerte es el pecado, y la segunda, el infierno.

Nos hemos ocupado ahora en este breve comentario del milenio porque es un punto que puede surgir en nuestras conversaciones con amigos no católicos. Pero tienen mayor interés práctico las cosas que conocemos con certeza sobre el fin del mundo. Una de ellas es que, cuando la historia de los hombres acabe, los cuerpos de todos los que vivieron se alzarán de los muertos para unirse nuevamente a sus almas. Puesto que el hombre completo, cuerpo y alma, ha amado a Dios y le ha servido, aun a costa de dolor y sacrificio, es justo que el hombre completo, alma y cuerpo, goce de la unión eterna con Dios, que es la recompensa del Amor. Y puesto que el hombre completo rechaza a Dios al morir en pecado, impenitente, es justo que el cuerpo comparta con el alma la separación eterna de Dios, que todo el hombre ha escogido. Nuestro cuerpo resucitado será constituido de una manera que estará libre de las limitaciones físicas que le caracterizan en este mundo. No necesitará ya más alimento o bebida, y, en cierto modo, será «espiritualizado». Además, el cuerpo de los bienaventurados será «glorificado»; poseerá una belleza y perfección que será participación de la belleza y perfección del alma unida a Dios.

Como el cuerpo de la persona en que ha morado la gracia ha sido ciertamente templo de Dios, la Iglesia ha mostrado siempre gran reverencia hacia los cuerpos de los fieles difuntos. Así, los sepulta con oraciones llenas de afecto y reverencia en tumbas bendecidas especialmente para este fin. La única persona dispensada de la corrupción de la tumba ha sido la Madre de Dios. Por el especial privilegio de su Asunción, el cuerpo de la Bienaventurada Virgen María, unido a su alma inmaculada, fue glorificado y asunto al cielo. Su divino Hijo, que tomó su carne de ella, se la llevó consigo al cielo. Este acontecimiento lo conmemoramos el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de María.

El mundo acaba, los muertos resucitan, luego vendrá el Juicio General. Este Juicio verá a Jesús en el trono de la justicia divina, que reemplaza a la cruz, trono de su infinita misericordia. El Juicio Final no ofrecerá sorpresas en relación con nuestro eterno destino.

Ya habremos pasado el Juicio Particular; nuestra alma estará ya en el cielo o en el infierno. El objeto del Juicio Final es, en primer lugar, dar gloria a Dios, manifestando su justicia, sabiduría y misericordia a la humanidad entera. El conjunto de la vida -que tan a menudo nos parece un enrevesado esquema de sucesos sin relación entre sí, a veces duros y crueles, a veces incluso estúpidos e injustos- se desenrollará ante nuestros ojos.

Veremos que el titubeante trozo de vida que hemos conocido casa con el magno conjunto del plan magnífico de Dios para los hombres. Veremos que el poder y la sabiduría de Dios, su amor y su misericordia, han sido siempre el motor del conjunto. «¿Por qué permite Dios que suceda esto?», nos quejamos frecuentemente. «¿Por qué hace Dios esto o aquello?», nos preguntamos. Ahora conoceremos las respuestas. La sentencia que recibimos en el Juicio Particular será ahora confirmada públicamente. Todos nuestros pecados -y todas nuestras virtudes- se expondrán ante las gentes. El sentimental superficial, que afirma «yo no creo en el infierno; Dios es demasiado bueno para permitir que un alma sufra eternamente», verá ahora que, después de todo, Dios no es un abuelito complaciente. La justicia de Dios es tan infinita como su misericordia. Las almas de los condenados, a pesar de ellos mismos, glorificarán eternamente la justicia de Dios, como las almas de los justos glorificarán para siempre su misericordia. Para lo demás, abramos el Evangelio de San Mateo en su capítulo XXV (versículos 34,36), y dejemos que el mismo Jesús nos diga cómo prepararnos para aquel día terrible.

Y así termina la historia de la salvación del hombre, esa historia que la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, ha escrito. Con el fin del mundo, la resurrección de los muertos y el juicio final acaba la obra del Espíritu Santo. Su labor santificadora comenzó con la creación del alma de Adán. Para la Iglesia, el principio fue el día de Pentecostés. Para ti y para mí, el día de nuestro bautizo. Al acabarse el tiempo y permanecer sólo la eternidad, la obra del Espíritu Santo encontrará su fruición en la comunión de los santos, ahora un conjunto reunido en la gloria sin fin.

La fe explicada: CAPÍTULO XIII: LA COMUNION DE LOS SANTOS Y EL PERDON DE LOS PECADOS

El fin del camino Si alguien nos llamara santos, lo más probable es que nos diera un respingo. Somos demasiado conscientes de nuestras imperfecciones para aceptar ese título. Y, no obstante, todos los fieles del Cuerpo místico de Cristo en la Iglesia primitiva se llamaban santos. Es el término favorito de San Pablo para dirigirse a los componentes de las comunidades cristianas. Escribe a «los santos que están en Efeso» (Eph 1,1) y a «los santos que se encuentran en toda la Acaya» (2 Cor 1,1). Los Hechos de los Apóstoles, que contienen la historia de la Iglesia naciente, llaman también santos a los seguidores de Cristo.

La palabra «santo», derivada del latín, describe a toda alma cristiana que, incorporada a Cristo por el Bautismo, es morada del Espíritu Santo (mientras permanezca en estado de gracia santificante). Tal alma es un santo en el sentido original de la palabra. Hoy en día se ha limitado su significación a aquellos que están en el cielo. Pero la utilizamos en su acepción primera cuando, al recitar el Credo de los Apóstoles, decimos: «creo... en la comunión de los santos». La palabra «comunión» significa, claro está, «unión con», y con ella queremos indicar que existe una unión, una comunicación, entre las almas en que el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, tiene su morada. Esta comunicación incluye, en primer lugar, a nosotros mismos, miembros de la Iglesia en la tierra. Nuestra «rama» de la comunión de los santos se llama Iglesia militante, es decir, la Iglesia aún en lucha contra el pecado y el error. Si cayéramos en pecado mortal no dejaríamos de pertenecer a la comunión de los santos, pero sí cortaríamos la comunicación con los otros miembros en tanto siguiéramos excluyendo al Espíritu Santo de nuestra alma.

Las almas del purgatorio son también miembros de la comunión de los santos. Están confirmadas en gracia para siempre, aunque todavía tengan que purgar sus pecados veniales y sus deudas de penitencia. No pueden ver a Dios aún, pero el Espíritu Santo está con ellas y en ellas, y no lo podrán perder jamás. Frecuentemente denominamos a esta rama de la Iglesia como la Iglesia purgante.

Finalmente está la Iglesia triunfante, que está compuesta por las almas de los bienaventurados que se hallan en el cielo. Esta es la Iglesia eterna, la que absorberá tanto a la Iglesia militante como a la purgante después del Juicio Final.

Y en la práctica, ¿qué significa para mí la comunión de los santos? Quiere decir que todos los que estamos unidos en Cristo -los santos del cielo, las almas del purgatorio y los que aún vivimos en la tierra- debemos tener conciencia de las necesidades de los demás.

Los santos del cielo no están tan arrobados en su propia felicidad que olviden las almas que han dejado atrás. Aunque quisieran, no podrían hacerlo. Su perfecto amor a Dios debe incluir un amor a todas las almas que Dios ha creado y adornado con sus gracias, todas esas almas en que El mora y por las que Jesús murió. En resumen, los santos deben amar las almas que Jesús ama, y el amor que los santos del cielo tienen por las almas del purgatorio y las de la tierra, no es un amor pasivo. Los santos anhelan ayudar a esas almas en su caminar hacia la gloria, cuyo valor infinito son capaces de apreciar ahora como no podían antes. Y si la oración de un hombre bueno de la tierra puede mover a Dios, ¡cómo será la fuerza de las oraciones que los santos ofrecen por nosotros! Son los héroes de Dios, sus amigos íntimos, sus familiares.

Los santos del cielo oran por las ánimas del purgatorio y por nosotros. Nosotros, por nuestra parte, debemos venerar y honrar a los santos. No sólo porque pueden y quieren interceder por nosotros, sino porque nuestro amor a Dios así lo exige. Un artista es honrado cuando se alaba su obra. Los santos son las obras maestras de la gracia de Dios; cuando los honramos, honramos a Quien los hizo, a su Redentor y Santificador. El honor que se da a los santos no se detrae de Dios. Al contrario, es un honor que se le tributa de una manera que El mismo ha pedido y desea. Vale la pena recordar que, al honrar a los santos, honramos también a muchos seres queridos que se hallan ya con Dios en la gloria. Cada alma que está en el cielo es un santo, no sólo los canonizados.

Por esta razón, además de las fiestas especiales dedicadas a algunos de los santos canonizados, la Iglesia dedica un día al año para honrar a toda la Iglesia triunfante, es la Fiesta de Todos los Santos, el primero de noviembre.

Como miembros de la comunión de los santos, los que aún estamos en la tierra debemos orar además por las benditas ánimas del purgatorio. Ahora, ellas no pueden ayudarse: su tiempo de merecer ha pasado. Pero nosotros sí podemos hacerlo, pidiendo para ellas el favor de Dios. Podemos aliviar sus sufrimientos y acortar su tiempo de espera del cielo con nuestras oraciones, con las Misas que ofrezcamos o hagamos ofrecer por ellas, con las indulgencias que para ellas ganemos (casi todas las indulgencias concedidas por la Iglesia pueden ser aplicadas a las ánimas del purgatorio, si las ofrecemos por esa intención). No sabemos si las almas del purgatorio pueden interceder por nosotros o no, pero sí sabemos que, una vez se cuenten entre los santos del cielo, se acordarán ciertamente de aquellos que se acordaron de ellas en sus necesidades, y serán sus especiales intercesoras ante Dios.

Es evidente que los que estamos todavía en la tierra debemos rezar también los unos por los otros, si queremos ser fieles a nuestra obligación de miembros de la comunión de los santos. Debemos tenernos un sincero amor sobrenatural, practicar la virtud de la caridad fraterna de pensamiento, palabra y obra, especialmente con el ejercicio de las obras de misericordia corporales y espirituales. Si queremos asegurar la permanente participación en la comunión de los santos, no podemos tomar a la ligera nuestra responsabilidad hacia ella.

La fe explicada: CAPÍTULO XII: LAS NOTAS Y ATRIBUTOS DE LA IGLESIA

¿Dónde la encontramos? «No es producto genuino si no lleva esta marca.» Encontramos a menudo este lema en los anuncios de los productos. Quizá no nos creamos toda la cháchara sobre «productos de calidad» y «los entendidos lo recomiendan», pero muchos, cuando vamos de compras, insistimos en que nos sirvan determinada marca, y casi nadie compra un artículo de plata sin darle la vuelta para comprobar si lleva el contraste que garantiza que es plata de ley, y muy pocos compran un anillo sin mirar antes la marca de los quilates.

Al ser la sabiduría de Cristo la misma sabiduría de Dios, es de esperar que, al establecer su Iglesia, haya previsto unos medios para reconocerla no menos inteligentes que los de los modernos comerciantes, unas «marcas» para que todos los hombres de buena voluntad puedan reconocerla fácilmente. Esto era de esperar, especialmente si tenemos en cuenta que Jesús fundó su Iglesia al costo de su propia vida. Jesús no murió en la cruz «por el gusto de hacerlo». No dejó a los hombres la elección de pertenecer o no a la Iglesia, según sus preferencias. Su Iglesia es la Puerta del Cielo, por la que todos (al menos con deseo implícito) debemos entrar.

Al constituir la Iglesia prerrequisito para nuestra felicidad eterna, nuestro Señor no dejó de estamparla claramente con su marca, con la señal de su origen divino, y tan a la vista que no podemos dejar de reconocerla en medio de la mezcolanza de mil sectas, confesiones y religiones del mundo actual. Podemos decir que la «marca» de la Iglesia es un cuadrado, y que el mismo Jesucristo nos ha dejado dicho que debíamos mirar en cada lado de ese cuadrado.

Primero, la unidad. «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (lo 10,16). Y también: «Padre santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Io 17,11).

Luego, la santidad. «Santifícalos en la verdad... Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en verdad» (Io 17,17-19). Esta fue la oración del Señor por su Iglesia, y San Pablo nos recuerda que Jesucristo «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celador de buenas obras» (Tit 2,14).

El tercer lado del cuadrado es la catolicidad o universalidad. La palabra «católico» viene del griego, como «universal» del latín, pero ambas significan lo mismo: «todo». Toda la enseñanza de Cristo, a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares.

Escuchemos las palabras del Señor: «Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, como testimonio para todas las naciones» (Mt 24,14). «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra» (Act 1,8).

El cuadrado se completa con la nota de apostolicidad. Esta palabra parece un poco trabalenguas, pero significa sencillamente que la Iglesia que clame ser de Cristo debe ser capaz de remontar su linaje, en línea ininterrumpida, hasta los Apóstoles. Debe ser capaz de mostrar su legítima descendencia de Cristo por medio de los Apóstoles. De nuevo habla Jesús: «Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18). Dirigiéndose a todos los Apóstoles: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo» (Mt 28,18-20). San Pablo asegura esta nota de la catolicidad cuando escribe a los efesios. «Por tanto, ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Eph 2,19- 20).

Cualquier Iglesia que clame ser de Cristo debe mostrar estas cuatro notas. Hay muchas «iglesias» en el mundo de hoy que se llaman cristianas. Abreviemos nuestra labor de escrutinio tomando nuestra propia iglesia, la Iglesia Católica, y si encontramos en ella la marca de Cristo no necesitaremos examinar las demás.

Por muy errado que estés sobre alguna cosa, siempre resulta molesto que alguien te lo diga sin ambages. Y mientras ese alguien te explica cuidadosamente por qué estás equivocado, es probable que tú te muestres más y más terco. Quizá no siempre te suceda así, quizá tú seas muy santo y no te suceda nunca. Pero, en general, los humanos somos así. Por esa razón, raras veces es bueno discutir sobre religión. Todos debemos estar dispuestos a exponer nuestra religión en cualquier ocasión, pero nunca a discutir sobre ella. En el instante en que decimos a alguien «tu religión es falsa y yo te diré por qué» hemos cerrado de un portazo la mente de esa persona, y nada de lo que consigamos decir después conseguirá abrirla. Por otra parte, si conocemos bien nuestra religión podemos explicarla inteligente y amablemente al vecino que no es católico o no practica: hay bastantes esperanzas en que nos escuche. Si podemos demostrarle que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia establecida por Jesucristo, no hay por qué decirle que su «iglesia» es falsa. Puede que sea terco, pero no estúpido, y uno puede confiar en que sacará sus propias conclusiones. Teniendo esto en la mente procedamos a examinar la Iglesia Católica para ver si lleva la marca de Cristo, si Jesús la ha señalado como suya, sin posibilidades de error.

Primero, veamos la unidad, que nuestro Señor afirmó debía ser característica de su rebaño.

Miremos esta unidad en sus tres dimensiones: unidad de credo, unidad de autoridad y unidad de culto.

Sabemos que los miembros de la Iglesia de Cristo deben mostrar unidad de credo. Las verdades que creen son las dadas a conocer por el mismo Cristo; son verdades que proceden directamente de Dios. No hay verdades más «verdaderas» que la mente humana pueda conocer y aceptar que las reveladas por Dios. Dios es verdad; lo sabe todo y no puede errar; es infinita-mente verdadero y no puede mentir. Es más fácil creer, por ejemplo, que no hay sol a pleno día que pensar que Jesús pudo equivocarse al decirnos que hay tres Personas en un solo Dios.

Por este motivo reputamos el principio del «juicio privado» como absolutamente ilógico.

Hay personas que mantienen el principio del juicio privado en materias religiosas. Admiten que Dios nos ha dado a conocer ciertas verdades, pero, dicen, cada hombre tiene que interpretar esas verdades según su criterio. Que cada uno lea su Biblia, y lo que piense que la Biblia significa, ése es el significado para él. Nuestra respuesta es que lo que Dios ha dicho que es, es para siempre y para todos. No está en nuestra mano escoger y ajustar la revelación de Dios a nuestras preferencias o a nuestras conveniencias.

Esta teoría del «juicio privado» ha llevado, naturalmente, a dar un paso más: negar toda verdad absoluta. Hoy mucha gente pretende que la verdad y la bondad son términos relativos. Una cosa es verdadera mientras la mayoría de los hombres opine que es útil, mientras parezca que esa cosa «funciona». Si creer en Dios te ayuda, entonces cree en Dios, pero está dispuesto a desechar esa creencia si piensas que entorpece la marcha del progreso. Y lo mismo ocurre con la bondad. Una cosa o una acción es buena si contribuye al bienestar y a la dicha del hombre. Pero si la castidad, por ejemplo, parece que frena el avance de un modo siempre en cambio, entonces, la castidad deja de ser buena. En resumen, que lo que puede llamarse bueno o verdadero es lo que aquí y ahora es útil para la comunidad, para el hombre como elemento constructivo de la sociedad, y es bueno o verdadero solamente mientras continúa siendo útil. Esta filosofía se llama pragmatismo.

Es muy difícil dialogar sobre la verdad con un pragmático, porque ha socavado el terreno bajo tus pies al negar la existencia de verdad alguna real y absoluta. Todo lo que un creyente puede hacer por él es rezar y demostrarle con una vida cristiana auténtica que el cristianismo «funciona».

Quizá nos hayamos desviado un poco de nuestro tema principal, es decir, que no hay iglesia que pueda clamar ser de Cristo si todos sus miembros no creen las mismas verdades, ya que esas verdades son de Dios, eternamente inmutables, las mismas para todos los pueblos. Sabemos que en la Iglesia Católica todos creemos las mismas verdades. Obispos, sacerdotes o párvulos; americanos, franceses y japoneses; blancos o negros; cada católico, esté donde esté, quiere decir exactamente lo mismo cuando recita el Credo de los Apóstoles.

No sólo estamos unidos por lo que creemos, también porque todos estamos bajo la misma autoridad. Jesucristo designó a San Pedro pastor supremo de su rebaño, y tomó las medidas para que los sucesores del Apóstol hasta el fin de los tiempos fueran cabeza de su Iglesia y custodios de sus verdades. La lealtad al Obispo de Roma, a quien llamamos cariñosamente el Santo Padre, será siempre el obligado centro de nuestra unidad y prueba de nuestra asociación a la Iglesia de Cristo: «¡Donde está Pedro allí está la Iglesia!».

Estamos unidos también en el culto como ninguna otra iglesia. Tenemos un solo altar, sobre el que Jesucristo renueva todos los días su ofrecimiento en la cruz. Sólo un católico puede dar la vuelta al mundo sabiendo que, dondequiera que vaya -África o India, Alemania o Sudamérica- se encontrará en casa desde el punto de vista religioso. En todas partes la misma Misa, en todas partes los mismos siete sacramentos.

Una fe, una cabeza, un culto. Esta es la unidad por la que Cristo oró, la unidad que señaló como una de las notas que identificarían perpetuamente a su Iglesia. Es una unidad que sólo puede ser encontrada en la Iglesia Católica.

Santa y Católica Los argumentos más fuertes contra la Iglesia Católica son las vidas de los católicos malos y de los católicos laxos. Si preguntáramos a un católico tibio, «¿Da lo mismo una iglesia que otra?», seguramente nos contestaría indignado, «¡Claro que no! Sólo hay una Iglesia verdadera, la Iglesia Católica». Y poco después quedaría como un mentiroso ante sus amigos acatólicos al contar los mismos chistes inmorales, al emborracharse en las mismas reuniones, al intercambiar con ellos murmuraciones maliciosas, al comprar los mismos anticonceptivos e incluso quizá siendo un poco más desaprensivo que ellos en sus prácticas de negocios o en su actuación política.

Sabemos que estos hombres y mujeres son minoría, aunque el hecho de que exista uno solo ya sería excesivo. Sabemos también que no puede sorprendernos que en la Iglesia de Cristo haya miembros indignos. El mismo Jesús comparó su Iglesia a la red que recoge tanto malos peces como buenos (Mt 13,47-50); al campo en que la cizaña crece entre el trigo (Mt 13,24-30); a la fiesta de bodas en que uno de los invitados no lleva vestido nupcial (Mt 22,11-14).

Habrá siempre pecadores. Hasta el final del camino serán la cruz que Jesucristo debe llevar en el hombro de su Cuerpo Místico. Y, sin embargo, Jesús señaló la santidad como una de las notas distintivas de su Iglesia. «Por sus frutos los conoceréis», dijo, «¿Por ventura se recogen racimos de los espinos o higos de los abrojos? Todo árbol bueno da buenos frutos y todo árbol malo da frutos malos» (Mt 7,16-17).

Al contestar la pregunta, «¿Por qué es santa la Iglesia Católica?», el Catecismo dice: «La Iglesia Católica es santa porque fue fundada por Jesucristo, que es santo; porque enseña, según la voluntad de Cristo, doctrina santa y provee los medios para llevar una vida santa, produciendo así miembros de toda edad que son santos».

Todas y cada una de estas palabras son verdad, pero no es in punto fácil de convencer para nuestro conocido no católico, especialmente si anoche estuvo con otro católico corriéndose una juerga, y además sabe que ese amigo suyo pertenece a la Cofradía de la Virgen de los Dolores de la Parroquia de San Panfucio. Sabemos que Jesucristo fundó la Iglesia y que las otras comunidades que se autodenominan «iglesias» fueron fundadas por hombres. Pero el luterano, probablemente, abucheará nuestra afirmación de que Martín Lutero fundó una nueva iglesia y dirá que no hizo más que purificar la antigua iglesia de sus errores y abusos. El anglicano, sin duda, dirá algo parecido: Enrique VIII y Cranmer no comenzaron una nueva iglesia; sencillamente, se separaron de la «rama romana» y establecieron la «rama inglesa» de la Iglesia cristiana original. Los presbiterianos dirán lo mismo de John Knox, y los metodistas de John Wesley, y así sucesivamente en toda la larga lista de las sectas protestantes. Todas ellas claman sin excepción a Jesucristo como su fundador.

Ocurrirá lo mismo cuando, como prueba del origen divino de la Iglesia, afirmemos que enseña una doctrina santa. «Mi iglesia también enseña una doctrina santa», argüirá nuestro amigo acatólico. «Lo acepto sin reservas», podemos replicar. «Pienso, por supuesto, que tu iglesia está a favor del bien y la virtud. Pero también creo que no hay iglesia que promueva la caridad cristiana y el ascetismo tan plenamente como la Iglesia Católica».

Con toda seguridad, nuestro amigo seguirá imperturbado y pondrá a un lado la cuestión de «santidad de doctrina» como tema opinable.

Pero ¿no podríamos al menos señalar a los santos como prueba de que la santidad de Cristo sigue operando en la Iglesia Católica? Sí, por supuesto, y ésta es una evidencia que resulta difícil de ignorar. Los miles y miles de hombres, mujeres y niños que han llevado vidas de santidad eminente, y cuyos nombres están inscritos en el santoral es algo que resulta bastante difícil de no ver, y que las otras iglesias no tienen algo parecido ni de lejos. Sin embargo, si nuestro interlocutor posee un barniz de psicología moderna, podrá tratar de derribar los santos con palabras como «histeria», «neurosis», «sublimación de instintos básicos»... Y de todas maneras, nos dirá, esos santos están sólo en los libros. Tú no puedes mostrarme un santo aquí mismo, ahora.

Bien, y ahora ¿qué podríamos decir? Sólo quedamos tú y yo. Nuestro preguntón amigo (esperemos que pregunte con sincero interés) puede clamar a Cristo como su fundador, una doctrina santa para su iglesia, puede calificar a los santos de tema discutible. Pero no nos puede ignorar a nosotros; no puede permanecer sordo y ciego al testimonio de nuestras vidas. Si cada católico que nuestro imaginario inquisidor encontrara fuera una persona de eminentes virtudes cristianas: amable, paciente, abnegado y amistoso; casto, delicado y reverente en la palabra; honrado, sincero y sencillo; generoso, sobrio, claro y limpio en la conducta, ¿qué impresión piensas que recibiría? Si solamente los 34.000.000 de católicos de nuestro país vivieran así sus vidas, ¡qué testimonio tan abrumador de la santidad de la Iglesia de Cristo! Tenemos que recordarnos una y otra vez que somos guardianes de nuestro hermano. No podemos tolerarnos nuestras pequeñas debilidades, nuestro egoísmo, pensando que todo se arregla sacudiéndonos el polvo en una confesión. Tendremos que responder a Cristo no sólo ,por nuestros pecados, sino también de los de las almas que pueden ir al infierno por culpa nuestra.

¿Dije 34 millones? Olvídate de los 33.999.999 restantes; concentrémonos ahora mismo, tú en ti y yo en mí. Entonces la nota de santidad de la Iglesia Católica se hará evidente al menos en la pequeña área en que tú y yo vivimos y nos movemos.

«Siempre, todas las verdades, en todos los sitios». Esta frase describe en forma escueta la tercera de las cuatro notas de la Iglesia. Es el tercer lado del cuadrado que constituye la «marca» de Cristo, y que nos prueba el origen divino de la Iglesia. Es el sello de la autenticidad que sólo lleva la Iglesia Católica.

La palabra «católica» significa que abarca a todo, y proviene del griego, como antes dijimos; es igual que la palabra «universal», que viene del latín.

Cuando decimos que la Iglesia Católica (con «C» mayúscula) es católica (con «c» minúscula) o universal queremos decir, antes que nada, que ha existido todo el tiempo desde el Domingo de Pentecostés hasta nuestros días. Las páginas de cualquier libro de historia darán fe de ello, y no hace falta siquiera que sea un libro escrito por un católico.

La Iglesia Católica ha tenido una existencia ininterrumpida durante mil novecientos y pico años, y es la única Iglesia que puede decir esto en verdad.

Digan lo que quieran las otras «iglesias» sobre purificación de la primitiva Iglesia o «ramas » de la Iglesia, lo cierto es que los primeros siglos de historia cristiana no hubo más Iglesia que la Católica. Las comunidades cristianas no católicas más antiguas son las nestorianas, monofisitas y ortodoxas. La ortodoxa griega, por ejemplo, tuvo su comienzo en el siglo noveno, cuando el arzobispo de Constantinopla rehusó la comunión al emperador Bardas, que vivía públicamente en pecado. Llevado por su despecho, el emperador separó a Grecia de su unión con Roma, y así nació la confesión ortodoxa.

La confesión protestante más antigua es la luterana, que comenzó a existir en el siglo xvi, casi mil quinientos años después de Cristo. Tuvo su origen en la rebelión de Martín Lutero, un fraile católico de magnética personalidad, y debió su rápida difusión al apoyo de los príncipes alemanes, quienes resentían el poder del Papa de Roma. El intento de Lutero de remediar los abusos de la Iglesia (y, ciertamente, había abusos), terminó en un mal mucho mayor: la división de la Cristiandad. Lutero barrenó un primer agujero en el dique, y, tras él, vino la inundación. Ya hemos mencionado a Enrique VIII, John Knox y John Wesley. Pero las primeras confesiones protestantes se subdividieron y proliferaron (especialmente en los países de habla alemana e inglesa), apareciendo cientos de sectas distintas, proceso que todavía no ha terminado. Pero ninguna de ellas existía antes del año 1517, en que Lutero clavó sus famosas «95 Tesis» en la puerta de la iglesia de Wittenberg, en Alemania.

No solamente es la Iglesia Católica la única cuya historia no se interrumpe desde los tiempos de Cristo; también es la única en enseñar todas las verdades que Jesús enseñó y como El las enseñó. Los sacramentos de la Penitencia y Extremaunción, la Misa y la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía, la supremacía espiritual de Pedro y sus sucesores, los papas, la eficacia de la gracia y la posibilidad del hombre de merecer la gracia y el cielo, algunos de estos puntos son rechazados por las variadas iglesias no católicas. De hecho, hay hoy comunidades que pretenden ser «iglesias cristianas» y llegan a dudar incluso de la divinidad de Jesucristo. Sin embargo, no hay una sola verdad revelada por Jesucristo (personalmente o por sus Apóstoles) que la Iglesia Católica no proclame y enseñe.

Además de ser universal en el tiempo (todos los días desde el de Pentecostés) y universal en doctrina (todas las verdades enseñadas por Jesucristo), la Iglesia Católica es también universal en extensión. La Iglesia Católica, consciente del mandato de su Fundador de hacer discípulos de todas las naciones, ha llevado el mensaje de salvación por todas las latitudes y longitudes de la faz de la tierra, allí donde hubiera almas que salvar. La Iglesia Católica no es una iglesia «alemana» (los luteranos) o «inglesa» (los anglicanos), o «escocesa» (los presbiterianos) u «holandesa» (la Iglesia Reformada), o «americana» (centenares de sectas distintas). La Iglesia Católica está en todos esos países, y además en todos aquellos que han permitido la entrada a sus misioneros. Pero la Iglesia Católica no es propiedad de nación o raza alguna. En cualquier tierra se halla en su casa, sin ser propiedad de nadie. Así es como Cristo la quiso. Su Iglesia es para todos los hombres; debe abarcar el mundo entero. La Iglesia Católica es la única en cumplir esta condición, la única que está en todas partes, por todo el mundo.

Católica, universal en el tiempo, verdades y territorio; ésta es la tercera nota de la auténtica Iglesia de Cristo. Y la cuarta nota, la que completa el cuadrado, es la «apostolicidad», que significa, simplemente, que la iglesia que pretenda ser de Cristo deberá probar su legítima descendencia de los Apóstoles, cimientos sobre los que Jesús edificó su Iglesia.

Que la Iglesia Católica pasa la prueba de la «apostolicidad» es cosa muy fácil de demostrar. Tenemos la lista de los obispos de Roma, que se remonta del Papa actual en una línea continua hasta San Pedro. Y los otros obispos de la Iglesia Católica, verdaderos sucesores de los Apóstoles, son los eslabones actuales en la ininterrumpida cadena que se alarga por más de veinte siglos. Desde el día en que los Apóstoles impusieron las manos sobre Timoteo y Tito, Marcos y Policarpo, el poder episcopal se ha transmitido por el sacramento del Orden Sagrado de generación en generación, de obispo a obispo.

Y con esto cerramos el cuadrado. La «marca» de Cristo es discernible en la Iglesia Católica con toda claridad: una, santa, católica y apostólica. No somos tan ingenuos como para pretender que los conversos vendrán ahora corriendo en cuadrillas puesto que les hemos mostrado esta marca. Los prejuicios humanos no ceden a la razón tan fácilmente. Pero, al menos, tengamos la prudencia de verla nosotros con lúcida seguridad.

La razón, la fe. .. y yo Dios ha dado al hombre la facultad de razonar, y El pretende que la utilicemos. Hay dos modos de abusar de esta facultad. Uno es no utilizándola. Una persona que no ha aprendido a usar su razón es aquella que toma todo lo que lee en periódicos y revistas como verdad del Evangelio, por absurdo que sea. Es la que acepta sin rechistar las más extravagantes afirmaciones de vendedores y anunciantes, un arma siempre dispuesta para que la empuñen publicitarios avispados. Le deslumbra el prestigio; si un famoso científico o industrial dice que Dios no existe, para él está claro que no hay Dios. En otras palabras, este no-pensante no detenta más que opiniones prefabricadas. No siempre es la pereza intelectual la que produce un no-pensante. A veces, desgraciadamente, son los padres y maestros quienes causan esta apatía mental al coaccionar la natural curiosidad de los jóvenes y ahogar los normales «por qué» con sus «porque lo digo yo y basta».

En el otro extremo está el hombre que hace de la razón un auténtico dios. Es aquel que no cree en nada que no vea y comprenda por sí mismo. Para él, los únicos datos ciertos son los que vienen de los laboratorios científicos. Nada es cierto a no ser que a él así se lo parezca, a no ser que, aquí y ahora, produzca resultados prácticos. Lo que da resultado, es cierto; lo que es útil, es bueno. Este tipo de pensador es lo que llamamos un pragmático. Rechaza cualquier verdad que se base en la autoridad. Creerá en la autoridad de un Einstein y aceptará la teoría de la relatividad, aunque no la entienda.

Creerá en la autoridad de los físicos nucleares, aunque siga sin entender nada. Pero la palabra «autoridad» le produce una repulsa automática cuando se refiere a la autoridad de la Iglesia.

El pragmático respeta las declaraciones de las autoridades humanas porque, dice, ellos deben saber lo que se hablan, confía en su competencia. Pero este mismo pragmático mirará con un desdén impaciente al católico que, por la misma razón, respeta las declaraciones de la Iglesia, confiado en que la Iglesia sabe lo que está diciendo en la persona del Papa y los obispos.

Es cierto que no todos los católicos tienen una inteligente comprensión de su fe. Para muchos, la fe es una aceptación ciega de las verdades religiosas basada en la autoridad de la Iglesia. Esta aceptación sin razonar puede ser debida a falta de ocasión o estudio, a falta de instrucción o, incluso y desgraciadamente, a pereza mental. Para los niños y los no instruidos, las creencias religiosas deben ser así, sin pruebas, igual que su creencia en la necesidad de ciertos alimentos y la nocividad de ciertas sustancias es una creencia sin pruebas. El pragmático que dice «yo me creo lo que dice Einstein porque es seguro que sabe de qué está hablando» debe encontrar también lógico al niño que diga «yo me lo creo porque mi papá lo dice», y, al ser un poco mayorcito, «yo me lo creo porque lo dice el cura (o la monja)», y no puede extrañarse de que el adulto sin educar afirme «lo dice el Papa, y para mí basta».

Sin embargo, para el católico que razona, la aceptación de las verdades de la fe debe ser una aceptación razonada, una aceptación inteligente.

Es cierto que la virtud de la fe en sí misma -la facultad de creer- es una gracia, un don de Dios. Pero la fe adulta se edifica sobre la razón, no es una frustración de la razón. El católico instruido ve suficiente la clara evidencia histórica de que Dios ha hablado, y que lo ha hecho por medio de su Hijo, Jesucristo; que Jesús constituyó a la Iglesia como su portavoz, como la visible manifestación de Sí a la humanidad; que la Iglesia Católica es la misma que Jesucristo estableció; que a los obispos de esa Iglesia, como sucesores de los Apóstoles (y especialmente al Papa, sucesor de San Pedro), Jesucristo dio la potestad de enseñar, santificar y gobernar espiritualmente en su nombre. La competencia de la Iglesia para hablar en nombre de Cristo sobre materias de fe doctrinal o acción moral para administrar los sacramentos y ejercer el gobierno espiritual es lo que llamamos la autoridad de la Iglesia. El hombre que por el uso de su razón ve con claridad satisfactoria que la Iglesia Católica posee ese atributo de autoridad no va contra la razón, sino que, al contrario, la sigue cuando afirma «yo creo todo lo que la Iglesia Católica enseña».

De igual modo, el católico sigue la razón tanto como la fe cuando acepta la doctrina de la infalibilidad. Este atributo significa simplemente que la Iglesia (sea en persona del Papa o de todos los obispos juntos bajo el Papa) no puede errar cuando proclama solemnemente que cierta materia de creencia o de conducta ha sido revelada por Dios, y debe ser aceptada y seguida por todos. La promesa de Cristo «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20) no tendría sentido si su Iglesia no fuera infalible. Ciertamente, Jesús no estaría con su Iglesia si le permitiera caer en el error en materias esenciales a la salvación. El católico sabe que el Papa puede pecar, como cualquier hombre. Sabe que las opiniones personales del Papa tienen la fuerza que su sabiduría humana les pueda dar. Pero también sabe que cuando el Papa, pública y solemnemente, declara que ciertas verdades han sido reveladas por Cristo, ya personalmente o por medio de sus Apóstoles, el sucesor de Pedro no puede errar. Jesús no hubiera establecido una Iglesia que pudiera descaminar a los hombres.

El derecho a hablar en nombre de Cristo y a ser escuchada es el atributo (o cualidad) de la Iglesia Católica que denominamos «autoridad». La seguridad de estar libre de error cuando proclama solemnemente las verdades de Dios a la Iglesia universal es el atributo que llamamos «infalibilidad». Hay otra tercera cualidad característica de la Iglesia Católica. Jesús no dijo sólo «el que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha» (Lc 10,16) -autoridad-. No dijo sólo «yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20) -infalibilidad-. También dijo «sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18), y con estas palabras indicó la tercera cualidad inherente a la Iglesia Católica: la indefectibilidad.

El atributo de indefectibilidad significa sencillamente que la Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos como Jesús la fundó, que no es perecedera, que continuará su existencia mientras haya almas que salvar. «Permanencia» sería un buen sinónimo de indefectibilidad, pero parece que los teólogos se inclinan siempre por las palabras más largas.

Sería una gran equivocación que el atributo de indefectibilidad nos indujera a un falso sentido de seguridad. Jesús dijo que su Iglesia permanecería hasta el fin de los tiempos.

Con la amenaza del comunismo ateo en el Este y el Oeste sería trágico que nos quedáramos impasibles ante el peligro, pensando que nada realmente malo puede ocurrirnos porque Cristo está en su Iglesia. Si descuidamos nuestra exigente vocación de cristianos -y por ello de apóstoles-, la Iglesia de Cristo puede hacerse otra vez una Iglesia clandestina, como ya lo fue en el Imperio Romano, hecha de almas destinadas al martirio.

No es a las bombas y cañones del comunismo a lo que hay que temer, sino a su fervor, su dinamismo, su afán proselitista, un peligro a la larga mucho más temible. Bien poco tienen que ofrecer, pero ¡con qué celo lo proclaman! Nosotros tenemos tanto que compartir y, sin embargo, ¡qué apáticos, casi indiferentes, somos en llevar la verdad a los demás! «¿Cuántos conversos he hecho?». O, al menos, «¿cuánto me he preocupado, cuánta dedicación he puesto en la conversión de otros?». Esta es una pregunta que cada uno de nosotros debiera formularse de vez en cuando. Pensar que tendremos que presentarnos ante Dios el Día del Juicio con las manos vacías debería hacernos estremecer. «¿Dónde están tus frutos, dónde están tus almas?», nos preguntará Dios y con razón. Y lo preguntará tanto a los fieles corrientes como a sacerdotes y religiosos. No podemos desentendernos de esta obligación con dar limosna para las misiones. Esto está bien, es necesario, pero es sólo el comienzo. Tenemos también que rezar. Nuestras oraciones cotidianas quedarían lamentablemente incompletas si no pidiéramos por los misioneros, connacionales y extranjeros, y por las almas con que trabajan. Pero ¿rezamos cada día pidiendo el don de la fe para los vecinos de la puerta de al lado si no son católicos o no practican? ¿Rezamos por el compañero de trabajo que está en el despacho contiguo, en la máquina de al lado? ¿Con qué frecuencia invitamos a un amigo no católico para que asista a Misa con nosotros, dándole de antemano un librillo que explique las ceremonias? ¿Tenemos en casa unos cuantos buenos libros que expliquen la fe católica, una buena colección de folletos, que damos o prestamos a la menor oportunidad a cualquiera que muestre un poco de interés? Si hacemos todo esto, incluso concertando una entrevista con un sacerdote para esos amigos (cuando sus preguntas parezcan desbordarnos) con quien puedan charlar, entonces estamos cumpliendo una parte por lo menos de nuestra responsabilidad hacia Cristo por el tesoro que nos ha confiado.

Naturalmente, no creemos que todos los no católicos vayan al infierno, de igual manera que no creemos que llamarse católico sea suficiente para meternos en el cielo. El dicho «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que no hay salvación para los que se hallan fuera de la Iglesia por su culpa. Uno que, siendo católico, abandona la Iglesia deliberadamente no podrá salvarse si no retorna; la gracia de la fe no se pierde, a no ser por culpa propia. Un no católico que, sabiendo que la Iglesia Católica es la verdadera, se quedara fuera por su culpa, no podrá salvarse. Un no católico, cuya ignorancia de la fe católica es voluntaria, con ceguera deliberada, no podrá salvarse. No obstante, aquellos que se encuentran fuera de la Iglesia sin culpa suya y que hacen todo lo que pueden según su entender, haciendo buen uso de las gracias que Dios les dará ciertamente en vista de su buena voluntad, ésos pueden salvarse. Dios no pide a nadie lo imposible, recompensará a cada uno según lo que haya hecho con lo que se le haya dado. Pero esto no quiere decir que nosotros podamos eludir nuestra responsabilidad diciendo: «Como mi vecino puede ir al cielo sin hacerse católico, ¿para qué preocuparse?». Tampoco quiere decir que «lo mismo da una iglesia que otra».

Dios quiere que todos pertenezcan a la Iglesia que ha fundado. Jesucristo quiere una sola grey y un Pastor. Y nosotros debemos desear que nuestros parientes, amigos y conocidos tengan esa seguridad mayor en su salvación que disfrutamos en la Iglesia de Cristo: mayor plenitud de certeza; más seguridad en conocer lo que está bien y lo que está mal; las inigualables ayudas que ofrecen la Misa y los sacramentos. Tomamos poco en serio nuestra fe si podemos convivir con otros, día tras día, y no preguntarnos jamás: «¿Qué puedo hacer para ayudar a que esta persona reconozca la verdad de la Iglesia Católica, a que sea uno conmigo en el Cuerpo Místico de Cristo?» El Espíritu Santo vive en la Iglesia permanentemente, pero a menudo tiene que aguardar a que yo le facilite la entrada en el alma del que está a mi lado.

La fe explicada: CAPÍTULO XI: LA IGLESIA CATÓLICA

El Espíritu Santo y la Iglesia Cuando el sacerdote instruye a un posible converso, generalmente en las primeras etapas de sus explicaciones le enseña el significado del perfecto amor a Dios. Explica qué quiere decir hacer un acto de contrición perfecta. Aunque ese converso debe aguardar varios meses la recepción del Bautismo, no hay razón para que viva ese tiempo en pecado. Un acto de perfecto amor a Dios -que incluye el deseo de bautizarse- le limpia el alma antes del Bautismo.

El posible converso, naturalmente, se alegra de saberlo, y yo estoy seguro de haber vertido el agua bautismal en la cabeza de muchos adultos que poseían ya el estado de gracia santificante. Por haber hecho un acto de perfecto amor de Dios, habían recibido el bautismo de deseo. Y, sin embargo, en todos y cada uno de los casos, el converso ha manifestado gran gozo y alivio al recibir el sacramento, porque hasta este momento no podían tener certeza de que sus pecados habían sido perdonados. Por mucho que nos esforcemos en hacer un acto de amor a Dios perfecto, nunca podemos estar seguros de haberlo logrado. Pero cuando el agua salvífica se vierte en su cabeza, el neófito está seguro de que Dios ha venido a él.

San Pablo nos dice que nadie, ni siquiera el mejor de nosotros, puede tener seguridad absoluta de estar en estado de gracia santificante. Pero todo lo que pedimos es certeza moral, el tipo de certeza que tenemos cuando hemos sido bautizados o (en el sacramento de la Penitencia) absueltos. La paz de mente, la gozosa confianza que esta certeza proporciona, nos da una de las razones por las que Jesucristo instituyó una Iglesia visible.

Las gracias que nos adquirió en el Calvario podía haberlas aplicado a cada alma directamente e invisiblemente, sin recurrir a signos externos o ceremonias. Sin embargo, conociendo nuestra necesidad de visible seguridad, Jesús escogió canalizar sus gracias a través de símbolos sensibles. Instituyó los sacramentos para que pudiéramos saber cuándo, cómo y qué clase de gracia recibimos. Y unos sacramentos visibles necesitan una agencia visible en el mundo para que los custodie y distribuya. Esta agencia visible es la Iglesia instituida por Jesucristo.

La necesidad de una Iglesia no se limita, evidentemente, a la guarda de los sacramentos.

Nadie puede querer los sacramentos si no los conoce antes. Y tampoco puede nadie creer en Cristo, si antes no se le ha hablado de El. Para que la vida y muerte de Cristo no sean en vano, ha de existir una voz viva en el mundo que transmita las enseñanzas de Cristo a través de los siglos. Debe ser una voz audible, ha de haber un portavoz visible en quien todos los hombres de buena voluntad puedan reconocer la autoridad.

Consecuentemente, Jesús fundó su Iglesia no sólo para santificar a la humanidad por medio de los sacramentos, sino, y ante todo, para enseñar a los hombres las verdades que Jesucristo enseñó, las verdades necesarias para la salvación. Basta un momento de reflexión para darnos cuenta de que, si Jesús no hubiera fundado una Iglesia, incluso el nombre de Jesucristo nos sería hoy desconocido.

Pero no nos basta tener la gracia disponible en los sacramentos visibles de la Iglesia visible. No nos basta tener la verdad proclamada por la voz viva de la Iglesia docente.

Además, necesitamos saber qué debemos hacer por Dios; necesitamos un guía seguro que nos indique el camino que debemos seguir de acuerdo con la verdad que conocemos y las gracias que recibimos. De igual manera que sería inútil para los ciudadanos de un país tener una Constitución si no hubiera un gobierno para interpretarla y hacerla observar con la legislación pertinente, el conjunto de la Revelación cristiana necesita ser interpretada de modo apropiado. ¿Cómo hacerse miembro de la Iglesia y cómo permanecer en ella? ¿Quién puede recibir este o aquel sacramento, cuándo y cómo? Cuando la Iglesia promulga sus leyes, responde a preguntas como las anteriores, cumpliendo bajo Cristo su tercer deber, además de los de enseñar y santificar: gobernar.

Conocemos la definición de la Iglesia: «la congregación de todos los bautizados, unidos en la misma fe verdadera, el mismo sacrificio y los mismos sacramentos, bajo la autoridad del Sumo Pontífice y los obispos en comunión con él». Una persona se hace miembro de la Iglesia al recibir el sacramento del Bautismo, y continúa siéndolo mientras no se segregue por cisma (negación o contestación de la autoridad papal), por herejía (negación de una o más verdades de fe proclamadas por la Iglesia) o por excomunión (exclusión de la Iglesia por ciertos pecados graves no contritos). Pero estas personas, si han sido bautizadas válidamente, permanecen básicamente súbditos de la Iglesia, y están obligadas por sus leyes, a no ser que se les dispense de ellas específicamente.

Al decir todo esto, ya vemos que consideramos la Iglesia desde fuera exclusivamente. Del mismo modo que un hombre es más que su cuerpo físico, visible, la Iglesia es infinitamente más que la mera visible organización exterior. Es el alma lo que constituye al hombre en ser humano. Y es el alma de la Iglesia lo que la hace, además de una organización, un organismo vivo. Igual que la inhabitación de las tres Personas divinas da al alma la vida sobrenatural que llamamos gracia santificante, la inhabitación de la Santísima Trinidad da a la Iglesia su vida inextinguible, su perenne vitalidad. Ya que la tarea de santificarnos (que es propia del Amor divino) se adscribe al Espíritu Santo por apropiación, es a El a quien designamos el alma de la Iglesia, de esta Iglesia cuya Cabeza es Cristo.

Dios modeló a Adán del barro de la tierra, y luego, según la bella imagen bíblica, insufló un alma a ese cuerpo, y Adán se convirtió en ser vivo. Dios creó la Iglesia de una manera muy parecida. Primero diseñó el Cuerpo de la Iglesia en la Persona de Jesucristo. Esta tarea abarcó tres años, desde el primer milagro público de Jesús en Caná hasta su ascensión al cielo. Jesús, durante este tiempo, escogió a sus doce Apóstoles, destinados a ser los primeros obispos de su Iglesia. Por tres años los instruyó y entrenó en sus deberes, en la misión de establecer el reino de Dios. También durante este tiempo Jesús diseñó los siete canales, los siete sacramentos, por los que las gracias que iba a ganar en la cruz fluirían a la almas de los hombres.

A la vez, Jesús impartió a los Apóstoles una triple misión, que es la triple misión de la Iglesia. Enseñar: «Id, pues, enseñad a todas las gentes..., enseñándoles a observar cuanto Yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Santificar: «Bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19); «Este es mi Cuerpo..., haced esto en memoria mía» (Lc 22,19); «A quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Io 20,23). Y gobernar en su nombre: «Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publican...; cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18,17-18); «El que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha» (Lc 10,16).

Otra misión de Jesús al formar el Cuerpo de su Iglesia, fue la de proveer una autoridad para su Reino en la tierra. Asignó este cometido al Apóstol Simón, hijo de Juan, y al hacerlo le impuso un nombre nuevo, Pedro, que quiere decir roca. He aquí la promesa: «Bienaventurado tú, Simón Bar Jona... Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 17,18-19). Esta fue la promesa que Jesús cumplió después de su resurrección, según leemos en el capítulo 21 del Evangelio de San Juan. Tras conseguir de Pedro una triple manifestación de amor («Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»), Jesús hizo a Pedro el pastor supremo de su rebaño. «Apacienta mis corderos», le dice Jesús, «apacienta mis ovejas». El. entero rebaño de Cristo -ovejas y corderos; obispos, sacerdotes y fieles- se ha puesto bajo la jurisdicción de Pedro y sus sucesores, porque, resulta evidente, Jesús no vino a la tierra para salvar sólo a las almas contemporáneas de los Apóstoles. Jesús vino para salvar a todas ?as almas, mientras haya almas que salvar.

El triple deber (y poder) de los Apóstoles -enseñar, santificar y gobernar -lo transmitieron a otros hombres, a quienes, por el sacramento del Orden, ordenarían y consagrarían para continuar su misión. Los obispos actuales son sucesores de los Apóstoles. Cada uno de ellos ha recibido su poder episcopal de Cristo, por medio de los Apóstoles, en continuidad ininterrumpida. Y el poder supremo de Pedro, a quien Cristo constituyó cabeza de todo, reside hoy en el Obispo de Roma, a quien llamamos con amor el Santo Padre. Esto se debe a que, por los designios de la Providencia, Pedro fue a Roma, donde murió siendo el primer obispo de la ciudad. En consecuencia, quien sea obispo de Roma, es automáticamente el sucesor de Pedro y, por tacto, posee el especial poder de Pedro de enseñar y regir a la Iglesia entera.

Este es, pues, el Cuerpo de su Iglesia tal como Cristo la creó: no una mera hermandad invisible de hombres unidos por lazos de gracia, sino una sociedad visible de hombres, bajo una cabeza constituida en autoridad y gobierno. Es lo que llamamos una sociedad jerárquica con las sólidas y admirables proporciones de una pirámide. En su cima el Papa, el monarca espiritual con suprema autoridad espiritual. Inmediatamente bajo él, los otros obispos, cuya jurisdicción, cada uno en su diócesis, dimana de su unión con el sucesor de Pedro. Más abajo, los sacerdotes, a quienes el sacramento del Orden ha dado poder de santificar (como así hacen en la Misa y los sacramentos), pero no el poder de jurisdicción (el poder de enseñar y gobernar). Un sacerdote posee el poder de jurisdicción sólo en la medida en que lo tenga delegado por el obispo, quien lo ordenó para ayudarle.

Finalmente, está la amplia base del pueblo de Dios, las almas de todos los bautizados, para quienes los otros existen.

Este es el Cuerpo de la Iglesia tal como lo constituyó Jesús en sus tres años de vida pública. Como el cuerpo de Adán, yacía en espera del alma. Esta alma había sido prometida por Jesús cuando dijo a sus Apóstoles antes de la Ascensión: «Pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra» (Act 1,8). Conocemos bien la historia del Domingo de Pentecostés, décimo día de la Ascensión y quincuagésimo de la Pascua (Pentecostés significa «quincuagésimo»): «Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos (de los Apóstoles), quedando todos llenos del Espíritu Santo» (Act 2,3-4). Y, en ese momento, el cuerpo tan maravillosamente diseñado por Jesús durante tres pacientes años, vino súbitamente a la vida. El Cuerpo Vivo se alza y comienza su expansión. Ha nacido la Iglesia de Cristo.

Nosotros somos la Iglesia ¿Qué es un ser humano? Podríamos decir que es un animal que anda erecto sobre sus extremidades posteriores, que puede razonar y hablar. Nuestra definición sería correcta, pero no completa. Nos diría sólo lo que es el hombre visto desde el exterior, pero omitiría su parte más maravillosa: el hecho de que posee un alma espiritual e inmortal.

¿Qué es la Iglesia? También podríamos responder dando una visión externa de la Iglesia.

Podríamos definir la Iglesia (y de hecho lo hacemos frecuentemente) como la sociedad de los bautizados, unidos en la misma fe verdadera, bajo la autoridad del Papa, sucesor de San Pedro.

Pero, al describir la Iglesia en estos términos, cuando hablamos de su organización jerárquica compuesta de Papa, obispos, sacerdotes y laicos, debemos tener presente que estamos describiendo lo que se llama Iglesia jurídica. Es decir, miramos a la Iglesia como una organización, como una sociedad pública cuyos miembros y directivos están ligados entre sí por lazos de unión visibles y legales. En cierta manera es parecido al modo en que los ciudadanos de una nación están unidos entre sí por lazos de ciudadanía, visibles y legales. Los Estados Unidos de América, por ejemplo, es una sociedad jurídica.

Jesucristo, por supuesto, estableció su Iglesia como sociedad jurídica. Para cumplir su misión de enseñar, santificar y regir a los hombres, debía tener una organización visible.

El Papa Pío XII, en su encíclica sobre «El Cuerpo Místico de Cristo», nos señaló este hecho. El Santo Padre también nos hizo notar que, como organización visible, la Iglesia es la sociedad jurídica más perfecta que existe. Y esto es así porque tiene el más noble de los fines: la santificación de sus miembros para gloria de Dios.

El Papa continuaba su encíclica declarando que la Iglesia es mucho más que una organización jurídica. Es el mismo Cuerpo de Cristo, un cuerpo tan especial, que debe tener un nombre especial: el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo; cada bautizado es una parte viva, un miembro de ese Cuerpo, cuya alma es el Espíritu Santo.

El Papa nos advierte: «Es éste un misterio oculto, que durante este exilio terreno sólo podemos ver oscuramente.» Pero tratemos de verlo, aunque sea en oscuridad. Sabemos que nuestro cuerpo físico está compuesto de millones de células individuales, todas trabajando conjuntamente para el bien de todo el cuerpo, bajo la dirección de la cabeza.

Las distintas partes del cuerpo no se ocupan en fines propios y privados, sino que cada una labora todo el tiempo para el bien del conjunto. Los ojos, los oídos y demás sentidos acopian conocimiento para utilidad de todo el cuerpo. Los pies llevan al cuerpo entero a donde quiera ir. Las manos llevan el alimento a la boca, el intestino absorbe la nutrición necesaria para todo el cuerpo. El corazón y los pulmones envían sangre y oxígeno a todas las partes de la anatomía. Todos viven y actúan para todos.

Y el alma da vida y unidad a todas las distintas partes, a cada una de las células individuales. Cuando el aparato digestivo transforma el alimento en sustancia corporal, las nuevas células no se agregan al cuerpo de forma eventual, como el esparadrapo a la piel.

Las nuevas células se hacen parte del cuerpo vivo, porque el alma se hace presente en ellas, de modo igual que en el resto del cuerpo.

Apliquemos ahora esta analogía al Cuerpo Místico de Cristo. Al bautizarnos, el Espíritu Santo toma posesión de nosotros de modo muy parecido al que nuestra alma toma posesión de las células que se van formando en el cuerpo. Este mismo Espíritu Santo es, a la vez, el Espíritu de Cristo, que, para citar a Pío XII, «se complace en morar en la amada alma de nuestro Redentor como en su santuario más estimado; este Espíritu que Cristo nos mereció en la cruz por el derramamiento de su sangre... Pero, tras la glorificación de Cristo en la cruz, su Espíritu se vierte sobreabundantemente en la Iglesia, de modo que ella y sus miembros individuales puedan hacerse día a día más semejantes a su Salvador». El Espíritu de Cristo, en el Bautismo, se hace también nuestro Espíritu.

«El Alma del Alma» de Cristo se hace también Alma de nuestra alma. «Cristo está en nosotros por su Espíritu», continúa el Papa, «a quien nos da y por quien actúa en nosotros, de tal modo que toda la divina actividad del Espíritu Santo en nuestra alma debe ser atribuida también a Cristo».

Así es, pues, la Iglesia vista desde «dentro». Es una sociedad jurídica, sí, con una organización visible dada por Cristo mismo. Pero es mucho más, es un organismo vivo, un Cuerpo viviente, cuya Cabeza es Cristo, nosotros los bautizados, sus miembros, y el Espíritu Santo, su Alma. Es un Cuerpo vivo del que podemos separarnos por herejía, cisma o excomunión, al modo que un dedo es extirpado por el bisturí del cirujano. Es un Cuerpo en que el pecado mortal, como el torniquete aplicado a un dedo, puede interrumpir temporalmente el flujo vital hasta que es quitado por el arrepentimiento. Es un Cuerpo en que cada miembro se aprovecha de cada Misa que se celebra, cada oración que se ofrece, cada buena obra que se hace por cada uno de sus miembros en cualquier lugar del mundo. Es el Cuerpo Místico de Cristo.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Yo soy miembro de ese Cuerpo. ¿Qué representa eso para mí? Sé que en el cuerpo humano cada parte tiene una función que realizar: el ojo, ver; el oído, oír; la mano, asir; el corazón, impulsar la sangre. ¿Hay en el Cuerpo Místico de Cristo una función que me esté asignada? Todos sabemos que la respuesta a esa pregunta es «SI». Sabemos también que hay tres sacramentos por los que Cristo nos asigna nuestros deberes.

Primero, el sacramento del Bautismo, por el que nos hacemos miembros del Cuerpo Místico tenemos derecho a cualquier gracia que podamos necesitar para ser fuertes en la fe, y cualquier iluminación que necesitemos para hacer nuestra fe inteligible a los demás, siempre dando, por supuesto, claro está, que hagamos lo que esté de nuestra parte para aprender las verdades de la fe y nos dejemos guiar por la autoridad docente de la Iglesia, que reside en los obispos. Una vez confirmados tenemos como una doble responsabilidad de ser laicos apóstoles y doble fuente de gracia y fortaleza para cumplir este deber.

Finalmente, el tercero de los sacramentos «partícipes del sacerdocio» es el Orden Sagrado. Esta vez Cristo comparte plenamente su sacerdocio -completamente en los obispos, y sólo un poco menos en los sacerdotes-. En el sacramento del Orden no hay sólo una llamada, no hay sólo una gracia, sino, además, un poder. El sacerdote recibe el poder de consagrar y perdonar, de santificar y bendecir. El obispo, además, recibe el poder de ordenar a otros obispos y sacerdotes, y la jurisdicción de regir las almas y de definir las verdades de fe.

Pero todos somos llamados a ser apóstoles. Todos recibimos la misión de ayudar al Cuerpo Místico de Cristo a crecer y mantenerse sano. Cristo espera que cada uno de nosotros contribuya a la salvación del mundo, la pequeña parte de mundo en que vivimos: nuestro hogar, nuestra comunidad, nuestra parroquia, nuestra diócesis. Espera que, por medio de nuestras vidas, le hagamos visible a aquellos con quienes trabajamos y nos recreamos. Espera que sintamos un sentido pleno de responsabilidad hacia las almas de nuestros prójimos, que nos duelan sus pecados, que nos preocupe su descreimiento.

Cristo espera de cada uno de nosotros que prestemos nuestra ayuda y nuestro activo apoyo a obispos y sacerdotes en su gigantesca tarea.

Y esto es sólo un poco de lo que significa ser apóstol laico, puesto que cabe también la posibilidad de enrolarse en asociaciones de naturaleza apostólica con una clara finalidad de santificación personal y ajena, sin dejar por eso de ser laicos.

CAPÍTULO X: La fe explicada: LAS VIRTUDES Y DONES DEL ESPIRITU SANTO

¿Qué es virtud? ¿Eres virtuoso? Si te hicieran esta pregunta, tu modestia te haría contestar: «No, no de un modo especial». Y, sin embargo, si estás bautizado y vives en estado de gracia santificante, posees las tres virtudes más altas: las virtudes divinas de fe, esperanza y caridad. Si cometieras un pecado mortal, perderías la caridad (o el amor de Dios), pero aún te quedarían la fe y la esperanza.

Pero antes de seguir adelante, quizás sería conveniente repasar el significado de «virtud». En religión la virtud se define como «el hábito o cualidad permanente del alma que da inclinación, facilidad y prontitud para conocer y obrar el bien y evitar el mal». Por ejemplo, si tienes el hábito de decir siempre la verdad, posees la virtud de la veracidad o sinceridad. Si tienes el hábito de ser rigurosamente honrado con los derechos de los demás, posees la virtud de la justicia.

Si adquirimos una virtud por nuestro propio esfuerzo, desarrollando conscientemente un hábito bueno, denominamos a esa virtud natural. Supón que decidimos desarrollar la virtud de la veracidad. Vigilaremos nuestras palabras, cuidando de no decir nada que altere la verdad. Al principio quizás nos cueste, especialmente cuando decir la verdad nos cause inconvenientes o nos avergüence. Un hábito (sea bueno o malo) se consolida por la repetición de actos. Poco a poco nos resulta más fácil decir la verdad, aunque sus consecuencias nos contraríen. Llega un momento en que decir la verdad es para nosotros como una segunda naturaleza, y para mentir tenemos que ir a contrapelo. Cuando sea así podremos decir en verdad que hemos adquirido la virtud de la veracidad. Y porque la hemos conseguido con nuestro propio esfuerzo, esa virtud se llama natural.

Dios, sin embargo, puede infundir en el alma una virtud directamente, sin esfuerzo por nuestra parte. Por su poder infinito puede conferir a un alma el poder y la inclinación de realizar ciertas acciones que son buenas sobrenaturalmente. Una virtud de este tipo -el hábito infundido en el alma directamente por Dios- se llama sobrenatural. Entre estas virtudes las más importantes son las tres que llamamos teologales: fe, esperanza y caridad. Y se llaman teologales (o divinas) porque atañen a Dios directamente: creemos en Dios, en Dios esperamos y a El amamos.

Esta tres virtudes, junto con la gracia santificante, se infunden en nuestra alma en el sacramento del Bautismo. Incluso un niño, si está bautizado, posee las tres virtudes, aunque no sea capaz de ejercerlas hasta que no llegue al uso de razón. Y, una vez recibidas, no se pierden fácilmente. La virtud de la caridad, la capacidad de amar a Dios con amor sobrenatural, se pierde sólo cuando deliberadamente nos separamos de El por el pecado mortal. Cuando se pierde la gracia santificante también se pierde la caridad.

Pero aun habiendo perdido la caridad, la fe y la esperanza permanecen. La virtud de la esperanza se pierde sólo por un pecado directo contra ella, por la desesperación de no confiar más en la bondad y misericordia divinas. Y, por supuesto, si perdemos la fe, la esperanza se pierde también, pues es evidente que no se puede confiar en Dios si no creemos en El. Y la fe a su vez se pierde por un pecado grave contra ella, cuando rehusamos creer lo que Dios ha revelado.

Además de las tres grandes virtudes que llamamos teologales o divinas, hay otras cuatro virtudes sobrenaturales que, junto con la gracia santificante, se infunden en el alma por el Bautismo. Como estas virtudes no miran directamente a Dios, sino más bien a las personas y cosas en relación con Dios, se llaman virtudes morales. Las cuatro virtudes morales sobrenaturales son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Poseen un nombre especial, pues se les llama virtudes cardinales. El adjetivo «cardinal» se deriva del sustantivo latino «cardo», que significa «gozne», y se les llama así por ser virtudes «gozne», es decir que sobre ellas dependen las demás virtudes morales. Si un hombre es realmente prudente, justo, fuerte y templado espiritualmente, podemos afirmar que posee también las otras virtudes morales. Podríamos decir que estas cuatro virtudes contienen la semilla de las demás. Por ejemplo, la virtud de la religión, que nos dispone a dar a Dios el culto debido, emana de la virtud de la justicia. Y de paso diremos que la virtud de la religión es la más alta de las virtudes morales.

Resulta interesante señalar dos diferencias notables entre virtud natural y sobrenatural.

Una virtud natural, porque se adquiere por la práctica frecuente y la autodisciplina habitual, nos hace más fáciles los actos de esa determinada virtud. Llegamos a un punto en que, por dar un ejemplo, nos resulta más placentero ser sinceros que insinceros. Por otra parte, una virtud sobrenatural, por ser directamente infundida y no adquirirse por la repetición de actos, no hace más fácil necesariamente la práctica de la virtud. No nos resulta difícil imaginar una persona que, poseyendo la virtud de la fe en grado eminente, tenga tentaciones de duda durante toda su vida.

Otra diferencia entre virtud natural y sobrenatural es la forma de crecer de cada una. Una virtud natural, como la paciencia adquirida, aumenta por la práctica repetida y perseverante. Una virtud sobrenatural, sin embargo, aumenta sólo por la acción de Dios, aumento que Dios concede en proporción a la bondad moral de nuestras acciones. En otras palabras, todo lo que acrecienta la gracia santificante, acrecienta también las virtudes infusas. Crecemos en virtud cuanto crecemos en gracia.

¿Qué queremos decir exactamente cuando afirmamos «creo en Dios», «espero en Dios», o «amo a Dios»? En nuestras conversaciones ordinarias es fácil utilizar estas expresiones con poca precisión; es bueno recordar de vez en cuando el sentido estricto y original de las palabras que utilizamos.

Comencemos por la fe. De las tres virtudes teologales infusas por el Bautismo, la fe es la fundamental. Es evidente que «podemos esperar en Dios, quien no puede engañarse ni engañarnos». Hay aquí dos frases clave: «creer firmemente» y «la autoridad del mismo Dios» que merecen ser examinadas.

Creer significa admitir algo como verdadero. Creemos cuando damos nuestro asentimiento definitiva e incuestionablemente. Ya vemos la poca precisión de nuestras expresiones cuando decimos: «Creo que va a llover», o «Creo que ha sido el día más agradable del verano». En ambos casos expresamos simplemente una opinión: suponemos que lloverá; tenemos la impresión de que hoy ha sido el día más agradable del verano. Este punto conviene tenerlo presente: una opinión no es una creencia. La fe implica certeza.

Pero no toda certeza es fe. No digo que creo algo cuando lo veo y comprendo claramente.

No creo que dos y dos son cuatro porque es algo evidente, puedo comprenderlo y probarlo satisfactoriamente. El tipo de conocimiento que se refiere a hechos que puedo percibir y demostrar es comprensión y no creencia.

Creencia -o fe- es la aceptación de algo como verdadero basándose en la autoridad de otro. Yo nunca he estado en China, pero muchas personas que han estado allí me aseguran que ese país existe. Porque confío en ellos, creo que China existe. Igualmente sé muy poco de física y absolutamente nada de fisión nuclear. Y, a pesar de que nunca he visto un átomo, creo en su fisión porque confío en la competencia de los que aseguran que puede hacerse y que se ha hecho.

Este tipo de conocimiento es el de la fe: afirmaciones que se aceptan por la autoridad de otros en quienes confiamos. Habiendo tantas cosas en la vida que no comprendemos, y tan poco tiempo libre para comprobarlas personalmente, es fácil ver que la mayor parte de nuestros conocimientos se basan en la fe. Si no tuviéramos confianza en nuestros semejantes, la vida se pararía. Si la persona que dice: «Si no lo veo, no lo creo» o «Si no lo entiendo, no lo creo», actuara de acuerdo con sus palabras, bien poco podría hacer en la vida.

A este tipo de fe -a nuestra aceptación de una verdad basados en la palabra de otro- se le denomina fe humana. El adjetivo «humana» la distingue de la fe que acepta una verdad por la autoridad de Dios. Cuando nuestra mente se adhiere a una verdad porque Dios nos la ha manifestado, nuestra fe se llama divina. Se ve claramente que la fe divina implica un conocimiento mucho más seguro que la fe meramente humana. No es corriente, pero sí posible que todas las autoridades humanas se engañen en una afirmación, como ocurrió, por ejemplo, con la universal enseñanza de que la tierra era plana. No es corriente, pero sí posible, que todas las autoridades humanas traten de engañar, pero esto ocurre, por ejemplo, con los dictadores comunistas que engañan al pueblo ruso. Pero Dios no puede engañarse ni engañar; El es la Sabiduría infinita y la Verdad infinita. Nunca puede haber ni la sombra de una duda en las verdades que Dios nos ha revelado, y, por ello, la verdadera fe es siempre una fe firme. Plantearse dudas sobre una verdad de fe es dudar de la sabiduría infinita de Dios o de su infinita veracidad. Especular: «¿Habrá tres Personas en Dios?» o «¿Estará Jesús realmente presente en la Eucaristía?», es cuestionar la credibilidad de Dios o negar su autoridad. En realidad es rechazar la fe divina.

Por la misma razón, la fe verdadera debe ser completa. Sería una estupidez pensar que podemos escoger y tomar las verdades que nos gustan de entre las que Dios ha revelado.

Decir «Yo creo en el cielo, pero no en el infierno», o «Creo en el Bautismo, pero no en la Confesión», es igual que decir «Dios puede equivocarse». La conclusión que lógicamente seguiría es: «¿Por qué creer a Dios en absoluto?».

La fe de que hablamos es fe sobrenatural, la fe que surge de la virtud divina infusa. Es posible tener una fe puramente natural en Dios o en muchas de sus verdades. Esta fe puede basarse en la naturaleza, que da testimonio de un Ser Supremo, de poder y sabiduría infinitos; puede basarse también en la aceptación del testimonio de innumerables grandes y sabias personas, o en la actuación de la divina Providencia en nuestra vida personal. Una fe natural de este tipo es una preparación para la auténtica fe sobrenatural, que nos es infundida junto con la gracia santificante en la pila bautismal.

Pero es sólo esta fe sobrenatural, esta virtud de la fe divina que se nos infunde en el Bautismo, la que nos hace posible creer firme y completamente todas las verdades, aun las más inefables y misteriosas, que Dios nos ha revelado. Sin esta fe los que hemos alcanzado el uso de razón no podríamos salvarnos. La virtud de la fe salva al infante bautizado, pero, al adquirir el uso de razón, debe haber también el acto de fe.

Esperanza y Amor Es doctrina de nuestra fe cristiana que Dios da a cada alma que crea la suficiente gracia para que alcance el cielo. La virtud de la esperanza, infundida en nuestra alma por el Bautismo, se basa .en esta enseñanza de la Iglesia de Cristo y de ella se nutre y desarrolla con el paso del tiempo.

La esperanza se define como «la virtud sobrenatural con la que deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven, y los medios necesarios para alcanzarla». En otras palabras, nadie pierde el cielo si no es por su culpa. Por parte de Dios, nuestra salvación es segura. Es solamente nuestra parte -nuestra cooperación con la gracia de Dios- lo que la hace incierta.

Esta confianza que tenemos en la bondad divina, en su poder y fidelidad, hace llevaderos los contratiempos de la vida. Si la práctica de la virtud nos exige a veces autodisciplina y abnegación, quizá incluso la autoinmolación y el martirio, hallamos nuestra fortaleza y valor en la certeza de la victoria final.

La virtud de la esperanza sé implanta en el alma en el Bautismo, junto con la gracia santificante. Aun el recién nacido, si está bautizado, posee la virtud de la esperanza. Pero no debe dejarse dormir. Al llegar la razón, esta virtud debe encontrar expresión en el acto de esperanza, que es la convicción interior y expresión consciente de nuestra confianza en Dios y en sus promesas. El acto de esperanza debería figurar de modo prominente en nuestras oraciones diarias. Es una forma de oración especialmente grata a Dios, ya que expresa a la vez nuestra completa dependencia de El y nuestra absoluta confianza en su amor por nosotros.

Es evidente que el acto de esperanza es absolutamente necesario para nuestra salvación.

Sostener dudas sobre la fidelidad de Dios en mantener sus promesas, o sobre la efectividad de su gracia en superar nuestras humanas flaquezas, es un insulto blasfemo a Dios. Nos haría imposible superar los rigores de la tentación, practicar la caridad abnegada. En resumen, no podríamos vivir una vida auténticamente cristiana si no tuviéramos confianza en el resultado final. ¡Qué pocos tendríamos la fortaleza para perseverar en el bien si tuviéramos una posibilidad en un millón de ir al cielo! De ahí se sigue que nuestra esperanza debe ser firme. Una esperanza débil empequeñece a Dios, o en su poder infinito o en su bondad ilimitada. Esto no significa que no debamos mantener un sano temor de perder el alma. Pero este temor debe proceder de la falta de confianza en nosotros, no de falta de confianza en Dios. Si Lucifer pudo rechazar la gracia, nosotros estamos también expuestos a fracasar, pero este fracaso no sería imputable a Dios.

Sólo a un estúpido se le ocurriría decir al arrepentirse de su pecado: «¡Oh Dios, me da tanta vergüenza ser tan débil!». Quien tiene esperanza dirá: «¡Dios mío, me da tanta vergüenza haber olvidado lo débil que soy!». Puede definirse un santo diciendo que es aquel que desconfía absolutamente de sí mismo, y confía absolutamente en Dios.

También es bueno no perder de vista que el fundamento de la esperanza cristiana se aplica a los demás tanto como a nosotros mismos. Dios quiere la salvación no sólo mía, sino de todos los hombres. Esta razón nos llevará a no cansarnos nunca de pedir por los pecadores y descreídos, especialmente por los más próximos por razón de parentesco o amistad. Los teólogos católicos enseñan que Dios nunca retira del todo su gracia, ni siquiera a los pecadores más empedernidos. Cuando la Biblia dice que Dios endurece su corazón hacia el pecador (como, por ejemplo, hacia el Faraón que se opuso a Moisés), no es más que un modo poético de describir la reacción del pecador. Es éste quien endurece su corazón al resistir la gracia de Dios.

Y si falleciera un ser querido, aparentemente sin arrepentimiento, tampoco debemos desesperar y «afligirnos como los que no tienen esperanza». Hasta llegar al cielo no sabremos qué torrente de gracias ha podido Dios derramar sobre el pecador recalcitrante en el último segundo de consciencia, gracias que habrá obtenido nuestra oración confiada.

Aunque la confianza en la providencia divina no es exactamente lo mismo que la virtud divina de la esperanza, está lo suficientemente ligada a ella para concederle ahora nuestra atención. Confiar en la providencia divina significa que creemos que Dios nos ama a cada uno de nosotros con un amor infinito, un amor que no podría ser más directo y personal si fuéramos la única alma sobre la tierra. A esta fe se añade el convencimiento de que Dios sólo quiere lo que es para nuestro bien, que, en su sabiduría infinita, conoce mejor lo que es bueno para nosotros, y que, con su infinito poder, nos lo da.

Al confiar en el sólido apoyo del amor, cuidado, sabiduría y poder de Dios, estamos seguros. No caemos en un estado de ánimo sombrío cuando «las cosas van mal». Si nuestros planes se tuercen, nuestras ilusiones se frustran, y el fracaso parece acosarnos a cada paso, sabemos que Dios hace que todo contribuya a nuestro bien definitivo.

Incluso la amenaza de una guerra atómica o de una subversión comunista no nos altera, porque sabemos que los mismos males que el hombre produce, Dios hará que, de algún modo, encajen en sus planes providenciales.

Esta confianza en la divina providencia es la que viene en nuestra ayuda cuando somos tentados (y, ¿quién no lo es alguna vez?) en pensar que somos más listos que Dios, que sabemos mejor que El lo que nos conviene en unas circunstancias determinadas. «Puede que sea pecado, pero no podemos permitirnos un hijo más»; «Puede que no sea muy honrado, pero todo el mundo lo hace en los negocios»; «Ya sé que parece algo turbio, pero así es la política». Cuando nos vengan estas coartadas a la boca, tenemos que deshacerlas con nuestra confianza en la providencia de Dios. «Si hago lo correcto, puede que saque muchos disgustos» tenemos que decirnos, «pero Dios conoce todas las circunstancias. Sabe más que yo. Y se ocupa de mí. No me apartaré ni un ápice de su voluntad».

La única virtud que permanecerá siempre con nosotros es la caridad. En el cielo, la fe cederá su lugar al conocimiento: no habrá necesidad de «creer en» Dios cuando le veamos. La esperanza también desaparecerá, ya que poseeremos la felicidad que esperábamos. Pero la caridad no sólo no desaparecerá, sino que únicamente en el momento extático en que veamos a Dios cara a cara alcanzará esta virtud, que fue infundida en nuestra alma por el Bautismo, la plenitud de su capacidad. Entonces, nuestro amor por Dios, tan oscuro y débil en esta vida, brillará como un sol en explosión. Cuando nos veamos unidos a ese Dios infinitamente amable, ese Dios único capaz de colmar los anhelos de amor del corazón humano, nuestra caridad se expresará eternamente en un acto de amor.

La caridad divina, virtud implantada en nuestra alma en el Bautismo junto con la fe y la esperanza, se define como «la virtud por la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios». Se le llama la reina de las virtudes, porque las demás, tanto teologales como morales, nos conducen a Dios, pero es la caridad la que nos une a El. Donde hay caridad están también las otras virtudes. «Ama a Dios y haz lo que quieras», dijo un santo. Es evidente que, si de veras amamos a Dios, nuestro gusto será hacer sólo lo que le guste.

Por supuesto, es la virtud de la caridad la que se infunde en nuestra alma por el Bautismo.

Y, cuando alcanzamos uso de razón, nuestra tarea es hacer actos de amor. El poder de hacer tales actos de amor, fácil y sobrenaturalmente, se nos da en el Bautismo.

Una persona puede amar a Dios con amor natural. Al contemplar la bondad y misericordia divinas, los beneficios sin fin que nos da, podemos sentirnos movidos a amarle como se ama a cualquier persona amable. Ciertamente, una persona que no ha tenido ocasión de ser bautizada (o que está en pecado mortal y no tiene posibilidad de ir a confesarlo) no podrá salvarse a no ser que haga un acto de amor perfecto a Dios, lo que quiere decir de amor desinteresado: amar a Dios porque es infinitamente amable, amar a Dios sólo por Sí mismo. También para un acto de amor así necesitamos la ayuda divina en forma de gracia actual, pero ése sería aún un amor natural.

Solamente por la inhabitación de Dios en el alma, por la gracia sobrenatural que llamamos gracia santificante, nos hacemos capaces de un acto de amor sobrenatural a Dios. La razón por la que nuestro amor se hace sobrenatural está en que realmente es Dios mismo quien se ama a Sí mismo a través de nosotros. Para aclarar esto, podemos usar el ejemplo del hijo que compra un regalo de cumpleaños a su padre utilizando (con el permiso de su padre) la cuenta de crédito de éste para pagarlo. O, como el niño que escribe una carta a su madre con la misma madre guiando su inexperta mano.

Parecidamente, la vida divina en nosotros nos capacita para amar a Dios adecuadamente, proporcionadamente, con un amor digno de Dios. También con un amor agradable a Dios, a pesar de ser, en cierto sentido, Dios mismo quien hace la acción de amar.

Esta misma virtud de la caridad (que acompaña siempre a la gracia santificante) hace posible amar al prójimo con amor sobrenatural. Amamos al prójimo no con un mero amor natural porque es una persona agradable, porque congeniamos con él, porque nos llevamos bien, porque de alguna manera nos atrae. Este amor natural no es malo, pero no hay en él mérito sobrenatural. Por la virtud divina de la caridad nos hacemos vehículo, instrumento, por el que Dios, a través de nosotros, puede amar al prójimo. Nuestro papel consiste simplemente en ofrecernos a Dios, en no poner obstáculos al flujo de amor de Dios. Nuestro papel consiste en tener buena voluntad hacia el prójimo por amor de Dios, porque sabemos que esto es lo que Dios quiere. Nuestro prójimo, diremos de paso, incluye a todas las criaturas de Dios: los ángeles y santos del cielo (cosa fácil), las almas del purgatorio (cosa fácil), y todos los seres humanos vivos, incluso nuestros enemigos (¡uf!).

Y precisamente en este punto tocamos el corazón del cristianismo. Es precisamente aquí donde encontramos la cruz, donde probamos la realidad o falsedad de nuestro amor a Dios. Es fácil amar a nuestra familia y amigos. No es muy duro amar a «todo el mundo», de una manera vaga y general, pero querer bien (y rezar y estar dispuesto a ayudar) a la persona del despacho contiguo que te hizo una mala pasada, a la vecina de enfrente que murmura de ti, o a aquel pariente que consiguió con malas artes la herencia de tía Josefina, a aquel criminal que salió en el periódico porque había violado y matado a una niña de seis años... si perdonarles ya resulta bastante duro, ¿cómo será el amarles? De hecho, naturalmente hablando, no somos capaces de hacerlo. Pero, con la divina virtud de la caridad, podemos, más aún, debemos hacerlo, o nuestro amor a Dios sería una falsedad y una ficción.

Pero, tengamos presente que el amor sobrenatural, sea a Dios o a nuestro prójimo, no tiene que ser necesariamente emotivo. El amor sobrenatural reside principalmente en la voluntad, no en las emociones. Podemos tener un profundo amor a Dios, según prueba nuestra fidelidad a El, sin sentirlo de modo especial. Amar a Dios sencillamente significa que estamos dispuestos a cualquier cosa antes que ofenderle con un pecado mortal. De la misma manera, podemos tener un sincero amor sobrenatural al prójimo, aunque a nivel natural sintamos por él una marcada repulsión. ¿Le perdono por Dios el mal que haya hecho? ¿Rezo por él y confío en que alcance las gracias necesarias para salvarse? ¿Estoy dispuesto a ayudarle si estuviera en necesidad, a pesar de mi natural resistencia? Si es así, le amo sobrenaturalmente. La virtud divina de la caridad obra en mi interior, y puedo hacer actos de amor (que deberían ser frecuentes, cada día) sin hipocresía, ni ficción.

Maravillas interiores Un joven, al que acababa de bautizar, me decía poco después: «¿Sabe, padre, que no he notado ninguna de las maravillas que decía me sucederían al bautizarme? Siento un alivio especial al saber que mis pecados han sido perdonados, y me alegra saber que soy hijo de Dios y miembro del Cuerpo Místico de Cristo, pero lo de la inhabitación de Dios en el alma, de la gracia santificante, las virtudes de fe, esperanza y caridad y los dones del Espíritu Santo... bien, no los he sentido en absoluto».

Y así es. No sentimos ninguna de estas cosas, por lo menos, no es lo corriente sentirlas.

La sobrecogedora transformación que tiene lugar en el Bautismo no se localiza en el cuerpo -en el cerebro, el sistema nervioso o las emociones-. Tiene lugar en lo más íntimo de nuestro ser, en nuestra alma, fuera del alcance del análisis intelectual o la reacción emocional. Pero, si por un milagro pudiéramos disponer de unas lentes que nos permitieran ver el alma como es, cuando está en gracia santificante y adornada con todos los dones sobrenaturales, tengo la seguridad que nos moveríamos como en trance, deslumbrados y en estado perpetuo de asombro, al ver la sobreabundancia con que Dios nos equipa para lidiar con esta vida y prepararnos para la otra.

En la riquísima dote que acompaña la gracia santificante están incluidos los siete dones del Espíritu Santo. Estos dones- sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios- son cualidades que se imparten al alma y que la hacen sensible a los movimientos de la gracia y le facilitan la práctica de la virtud. Nos alertan para oír la silenciosa voz de Dios en nuestro interior, nos hacen dóciles a los delicados toques de su mano. Podríamos decir que los dones del Espíritu Santo son el «lubricante» del alma, mientras la gracia es la energía.

Viéndolos uno por uno, el primero es el don de sabiduría, que nos da el adecuado sentido de proporción para que sepamos estimar las cosas de Dios; damos al bien y a la virtud su verdadero valor, y vemos los bienes del mundo como peldaños para la santidad, no como fines en sí. El hombre que, por ejemplo, pierde su partida semanal por asistir a un retiro espiritual, lo sepa o no, ha sido conducido por el don de la sabiduría.

Después viene el don de entendimiento. Nos da la percepción espiritual que nos capacita para entender las verdades de la fe en consonancia con nuestras necesidades. En igualdad de condiciones, un sacerdote prefiere mucho más explicar un punto doctrinal al que está en gracia santificante que a uno que no lo esté. Aquél posee el don de entendimiento, y por ello comprenderá con mucha más rapidez el punto en cuestión.

El tercer don, el don de consejo, agudiza nuestro juicio. Con su ayuda percibimos -y escogemos- la decisión que será para mayor gloria de Dios y bien espiritual nuestro.

Tomar una decisión de importancia en pecado mortal, sea ésta sobre vocación, profesión, problemas familiares o cualquier otra de las que debemos afrontar continuamente, es un paso peligroso. Sin el don de consejo, el juicio humano es demasiado falible.

El don de fortaleza apenas requiere comentario. Unja vida cristiana exige ser en algún grado una vida heroica. Y siempre está el heroísmo oculto de la conquista de uno mismo.

A veces se nos pide un heroísmo mayor, cuando hacer la voluntad de Dios trae consigo el riesgo de perder amigos, bienes o salud. También está el heroísmo más alto de los mártires, que sacrifican la misma vida por amor de Dios. No en vano Dios enrecia nuestra humana debilidad con su don de fortaleza.

El don de ciencia nos da «el saber hacer», la destreza espiritual. Nos dispone para reconocer lo que nos es útil espiritualmente o dañino. Está íntimamente unido al don de consejo. Este nos mueve a escoger lo útil y rechazar lo nocivo, pero, para elegir, debemos antes conocer. Por ejemplo, si me doy cuenta que demasiadas lecturas frívolas estragan mi gusto por las cosas espirituales, el don de consejo me induce a suspender la compra de tantas publicaciones de ese tipo, y me inspira comenzar una lectura espiritual regular.

El don de piedad es mal entendido frecuentemente por los que la representan con manos juntas, ojos bajos y oraciones interminables. La palabra «piedad» en su sentido original describe la actitud de un niño hacia sus padres: esa combinación de amor, confianza y reverencia. Si ésa es nuestra disposición habitual hacia nuestro Padre Dios, estamos viviendo el don de piedad. El don de piedad nos impulsa a practicar la virtud, a mantener la actitud de infantil intimidad con Dios.

Finalmente, el don de temor de Dios, que equilibra el don de piedad. Es muy bueno que miremos a Dios con ojos de amor, confianza y tierna reverencia, pero es también muy bueno no olvidar nunca que es el Juez de justicia infinita, ante el que un día tendremos que responder de las gracias que nos ha dado. Recordarlo nos dará un sano temor de ofenderle por el pecado.

Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios: he aquí los auxiliares de las gracias, sus «lubricantes». Son predisposiciones a la santidad que, junto con la gracia santificante, se infunden en nuestra alma en el Bautismo.

Muchos de los catecismos que conozco dan la lista de «los doce frutos del Espíritu Santo» -caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad-. Pero hasta ahora y según mi experiencia, rara' vez se les da más atención que una mención de pasada en las clases de instrucción religiosa.

Y todavía más raramente se explican en sermones.

Y es una pena que sea así. Si un maestro de ciencias comienza a explicar en clase el manzano, describirá naturalmente las raíces y el tronco, y mencionará cómo el sol y la humedad le hacen crecer. Pero no se le ocurrirá terminar su explicación con la afirmación brusca: «y éste es el árbol que da manzanas». Considerará a la descripción del fruto una parte importante de su explicación didáctica. De igual modo resulta ilógico hablar de la gracia santificante, de las virtudes y dones que la acompañan, y no dar más que una mención casual a los resultados, que son, precisamente, los frutos del Espíritu Santo: frutos exteriores de la vida interior, producto externo de la inhabitación del Espíritu.

Utilizando otra figura, podríamos decir que los doce frutos son las pinceladas anchas que perfilan el retrato del cristiano auténtico. Quizá lo más sencillo sea ver cómo es ese retrato, cómo es la persona que vive habitualmente en gracia santificante y trata con perseverancia de subordinar su ser a la acción de la gracia.

Primero que todo, esa persona es generosa. Ve a Cristo en su prójimo, e invariablemente lo trata con consideración, está siempre dispuesto a ayudarle, aunque sea a costa de inconveniencias y molestias. Es la caridad.

Luego, es una persona alegre y optimista. Parece como si irradiara un resplandor interior que le hacer ser notado en cualquier reunión. Cuando él está presente, parece como si el sol, brillara con un poco más de luz, la gente sonríe con más facilidad, habla con mayor delicadeza. Es el gozo.

Es una persona serena y tranquila. Los psicólogos dirían de él que tiene una «personalidad equilibrada». Su frente podrá fruncirse con preocupaciones, pero nunca por el agobio o la angustia. Es un tipo ecuánime, la persona idónea a quien se acude en casos de emergencia. Es la paz.

No se aíra fácilmente; no guarda rencor por las ofensas ni se perturba o descorazona cuando las cosas le van mal o la gente se porta mezquinamente. Podrá fracasar seis veces, y recomenzará la séptima, sin rechinar los dientes ni culpar a su mala suerte. Es la paciencia.

Es una persona amable. La gente acude a él en sus problemas, y hallan en él el confidente sinceramente interesado, saliendo aliviados por el simple hecho de haber conversado con él; tiene una consideración especial por los niños y ancianos, por los afligidos y atribulados. Es la benignidad.

Defiende con firmeza la verdad y el derecho, aunque todos le dejen solo. No está pagado de sí mismo, ni juzga a los demás; es tardo en criticar y más aún en condenar; conlleva la ignorancia y debilidades de los demás, pero jamás compromete sus convicciones, jamás contemporiza con el mal. En su vida interior es invariablemente generoso con Dios, sin buscar la postura más cómoda. Es la bondad.

No se subleva ante el infortunio y el fracaso, ante la enfermedad y el dolor. Desconoce la autocompasión: alzará los ojos al cielo llenos de lágrimas, pero nunca de rebelión. Es la longanimidad.

Es delicado y está lleno de recursos. Se entrega totalmente a cualquier tarea que le venga, pero sin sombra de la agresividad del ambicioso. Nunca trata de dominar a los demás. Sabe razonar con persuasión, pero jamás llega a la disputa. Es la mansedumbre.

Se siente orgulloso de ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, pero no pretende coaccionar a los demás y hacerles tragar su religión, pero tampoco siente respetos humanos por sus convicciones. No oculta su piedad, y defiende la verdad con prontitud cuando es atacada en su presencia; la religión es para él lo más importante de la vida. Es la fe.

Su amor a Jesucristo le hace estremecer ante la idea de actuar de cómplice del diablo, de ser ocasión de pecado para otro. En su comportamiento, vestido y lenguaje hay una decencia que le hacen -a él o ella- fortalecer la virtud de los demás, jamás debilitarla. Es la modestia.

Es una persona moderada, con las pasiones firmemente controladas por la razón y la gracia. No está un día en la cumbre de la exaltación y, al siguiente, en abismos de depresión. Ya coma o beba, trabaje o se divierta, en todo muestra un dominio admirable de sí... Es la continencia.

Siente una gran reverencia por la facultad de procrear que Dios le ha dado, una santa reverencia ante el hecho de que Dios quiera compartir su poder creador con los hombres.

Ve el sexo como algo precioso y sagrado, un vínculo de unión, sólo para ser usado dentro del ámbito matrimonial y para los fines establecidos por Dios; nunca como diversión o como Cuente de placer egoísta. Es la castidad.

Y ya tenemos el retrato del hombre o mujer cristianos: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad.

Podemos contrastar nuestro perfil con el del retrato, y ver donde nos separamos de él.

Las virtudes morales Un axioma de la vida espiritual dice que la gracia perfecciona la naturaleza, lo que significa que, cuando Dios nos da su gracia, no arrasa antes nuestra naturaleza humana para poner la gracia en su lugar. Dios añade su gracia a lo que ya somos. Los efectos de la gracia en nosotros, el uso que de ella hagamos, está condicionado en gran parte por nuestra personal constitución -física, mental y emocional-. La gracia no hace un genio de un idiota, ni endereza la espalda al jorobado, ni tampoco normalmente saca una personalidad equilibrada de un neurótico.

Por tanto, cada uno de nosotros somos responsables de hacer todo lo que esté en nuestra mano para quitar obstáculos a la acción de la gracia. No hablamos aquí de obstáculos morales, como el pecado o el egoísmo, cuya acción entorpecedora a la gracia es evidente. Nos referimos ahora a lo que podríamos llamar obstáculos naturales, como la ignorancia, los defectos de carácter, y los malos hábitos adquiridos. Está claro que si nuestro panorama intelectual se reduce a periódicos o revistas populares, es un obstáculo a la gracia; que si nuestra agresividad nos conduce fácilmente a la ira, es un obstáculo a la gracia; que si nuestra dejadez o falta de puntualidad es una falta de caridad por causar inconvenientes a los demás, es un obstáculo a la gracia.

Estas consideraciones son especialmente oportunas al estudiar las virtudes morales. Las virtudes morales, distintas de las teologales, son aquellas que nos disponen a llevar una vida moral o buena, ayudándonos a tratar a personas y cosas con rectitud, es decir, de acuerdo con la voluntad de Dios. Poseemos estas virtudes en su forma sobrenatural cuando estamos en gracia santificante, pues ésta nos da cierta predisposición, cierta facilidad para su práctica, junto con el mérito sobrenatural correspondiente al ejercerlas. Esta facilidad es parecida a la que un niño adquiere, al llegar a cierta edad, para leer y escribir.

Ese niño aún no posee la técnica de la lectura y escritura, pero, entretanto, el organismo está ya dispuesto, la facultad está ya allí.

Quizá se vea mejor si hacemos un examen individual de alguna de las virtudes morales.

Sabemos que las cuatro virtudes morales principales son las que llamamos cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Prudencia es la facultad de juzgar rectamente.

Una persona temperamentalmente impulsiva, propensa a acciones precipitadas y sin premeditación y a juicios instantáneos, tendrá por delante la tarea de quitar estas barreras para que la virtud de la prudencia pueda actuar en él efectivamente. Resulta también evidente que, en cualquier circunstancia, el conocimiento y la experiencia personales facilitan el ejercicio de esta virtud. Un niño posee la virtud de la prudencia en germen; por eso, en asuntos relativos al mundo de los adultos, no puede esperarse que haga juicios prudentes, porque carece de conocimiento y experiencia.

La segunda virtud cardinal es la justicia, que perfecciona nuestra voluntad (como la prudencia nuestra inteligencia), y salvaguarda los derechos de nuestros semejantes a la vida y la libertad, a la santidad del hogar, al buen nombre y el honor, a sus posesiones materiales. Un obstáculo a la justicia, que nos viene fácilmente a la mente, es el prejuicio, que niega al hombre sus derechos humanos, o dificulta su ejercicio, por el color, raza, nacionalidad o religión. Otro obstáculo puede ser la tacañería natural, un defecto producto quizá de una niñez de privaciones. Es nuestro deber quitar estas barreras si queremos que la virtud sobrenatural de la justicia actúe con plenitud en nuestro interior.

La fortaleza, tercera virtud cardinal, nos dispone para obrar el bien a pesar de las dificultades. La perfección de la fortaleza se muestra en los mártires, que prefieren morir a pecar. Pocos de nosotros tendremos que afrontar una decisión que requiera tal grado de heroísmo. Pero la virtud de la fortaleza no podrá actuar, ni siquiera en las pequeñas exigencias que requieran valor, si no quitamos las barreras que un conformismo exagerado, el deseo de no señalarse, de ser «uno más», han levantado. Estas barreras son el irracional temor a la opinión pública (lo que llamamos respetos humanos), el miedo a ser criticados, menospreciados, o, peor aún, ridiculizados.

La cuarta virtud cardinal es la templanza, que nos dispone al dominio de nuestros deseos, y, en especial, al uso correcto de las cosas que placen a nuestros sentidos. La templanza es necesaria especialmente para moderar el uso de los alimentos y bebidas, regular el placer sexual en el matrimonio. La virtud de la templanza no quita la atracción por el alcohol; por eso, para algunos, la única templanza verdadera será la abstinencia. La templanza no elimina los deseos, sino que los regula. En este caso, quitar obstáculos consistirá principalmente en evitar las circunstancias que pudieran despertar deseos que, en conciencia, no pueden ser satisfechos.

Además de las cuatro virtudes cardinales, hay otras virtudes morales. Sólo mencionaremos algunas, y cada cual, si somos sinceros con nosotros mismos, descubrirá su obstáculo personal. Está la piedad filial (y por extensión también el patriotismo), que nos dispone a honrar, amar y respetar a nuestros padres y nuestra patria. Está la obediencia, que nos dispone a cumplir la voluntad de nuestros superiores como manifestación de la voluntad de Dios. Están la veracidad, liberalidad, paciencia, humildad, castidad, y muchas más; pero, en principio, si somos prudentes, justos, recios y templados aquellas virtudes nos acompañarán necesariamente, como los hijos pequeños acompañan a papá y mamá.

¿Qué significa, pues, tener un «espíritu cristiano»? No es un término de fácil definición.

Significa, por supuesto, tener el espíritu de Cristo. Lo que, a su vez, quiere decir ver el mundo como Cristo lo ve; reaccionar ante las circunstancias de la vida como Cristo reaccionaría. El genuino espíritu cristiano en ningún lugar está mejor compendiado que en las ocho bienaventuranzas con que Jesús dio comienzo al, incomparablemente bello, Sermón de la Montaña.

De paso diremos que el Sermón de la Montaña es un pasaje del Nuevo Testamento que todos deberíamos leer completo de vez en cuando. Se encuentra en los capítulos cinco, seis y siete del Evangelio de San Mateo, y contiene una verdadera destilación de las enseñanzas del Salvador.

Pero volvamos a las bienaventuranzas. Su nombre se deriva de la palabra latina «beatus», que significa bienaventurado, feliz, y que es la que introduce cada bienaventuranza. « Bienaventurados los pobres de espíritu», Cristo nos dice, «porque de ellos es el reino de los cielos». Esta bienaventuranza, primera de las ocho, nos recuerda que el cielo es para los humildes. Los pobres de espíritu son aquellos que nunca olvidan que todo lo que son y poseen les viene de Dios. Ya sean talentos, salud, bienes o un hijo de la carne, nada, absolutamente nada, lo tienen como propio. Por esa pobreza de espíritu, por esta voluntariedad de entregar a Dios cualquiera de sus dones que El decida llevarse, la misma adversidad si viene, claman a Dios y alcanzan su gracia y su mérito. Es una prenda de que Dios, a quien valoran por encima de todas las cosas, será su recompensa perenne. Dicen con Job: «El Señor dio, el Señor ha quitado, ¡bendito sea el nombre del Señor!» (1,21).

Jesús recalca esta enseñanza repitiendo la misma consideración en las bienaventuranzas segunda y tercera. «Bienaventurados los mansos», dice, «porque poseerán la tierra». La tierra a que Jesús se refiere es, por supuesto, una sencilla imagen poética para designar el cielo. Y esto es así en todas las bienaventuranzas: en cada una de ellas se promete el cielo bajo un lenguaje figurativo. «Los mansos» de que habla Jesús en la segunda bienaventuranza no son los caracteres pusilánimes, sin nervio ni sangre, que el mundo designa con esa palabra. Los verdaderos mansos no son caracteres débiles de ningún modo. Hace falta gran fortaleza interior para aceptar decepciones, reveses, incluso desastres, y mantener en todo momento la mirada fija en Dios y la esperanza incólume.

«Bienaventurados los que lloran», continúa Jesús en la tercera bienaventuranza, «porque ellos serán consolados». De nuevo, como en las dos bienaventuranzas anteriores, nos impresiona la infinita compasión de Jesús hacia los pobres, infortunados, afligidos y atribulados. Los que saben ver en el dolor la justa suerte de la humanidad pecadora, y saben aceptarlo sin rebeliones ni quejas, unidos a la misma cruz de Cristo, encuentran predilección en la mente y el corazón de Jesús. Son los que dicen con San Pablo, «Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rom 8,18).

Pero, por muy bueno que sea llevar nuestras cargas animosos y esperanzados, no lo es aceptar indiferentemente las injusticias que se hacen a otros. Por muy generosamente que sepamos entregar a Dios nuestra felicidad terrena, estamos obligados, por paradoja divina, a procurar la felicidad de los demás. La injusticia no sólo destruye la felicidad temporal del que la sufre; también pone en peligro su felicidad eterna. Y esto es tan verdad si se trata de una injusticia económica que oprime al pobre (el emigrante sin recursos, el bracero, el chabolista son ejemplos que vienen fácilmente a la mente), como de una injusticia racial que degrada a nuestro prójimo (¿qué opinas tú de los negros y la segregación?), o de una injusticia moral que ahoga la acción de la gracia (¿ te perturba ver ciertas publicaciones en la librería del amigo?). Debemos tener celo por la justicia, tanto si es la justicia en el trato con los demás, como en la más elevada del trato con Dios, tanto nuestro como de los otros. He aquí algunas implicaciones de la cuarta bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos» con una satisfacción que encontrarán en el cielo, nunca aquí en la tierra.

« Bienaventurados los misericordiosos», continúa Cristo, «porque alcanzarán misericordia». ¡Es tan difícil perdonar a quienes nos ofenden, tan duro conllevar pacientemente al débil, ignorante y antipático! Pero aquí está la esencia misma del espíritu cristiano. No podrá haber perdón para el que no perdona.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». La sexta bienaventuranza no se refiere principalmente a la castidad, como muchos piensan, sino al olvido de sí, a verlo todo desde el punto de vista de Dios y no del nuestro. Quiere decir unidad de fines: Dios primero, sin engaños ni componendas.

«Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios». Al oír estas palabras de Cristo, tengo que preguntarme si soy foco de paz y armonía en mi hogar, centro de buena voluntad en mi comunidad, componedor de discordias en mi trabajo. Es senda directa al cielo.

«Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Y con la octava bienaventuranza bajamos la vista avergonzados por la poca generosidad con que llevamos las insignificantes molestias que nuestra religión nos causa, y compararnos (y rezar) con las almas torturadas de nuestros hermanos tras el telón de acero y el telón de bambú.